Por supuesto que los libros son peligrosos. Ni más faltaba.
Una vez, leyendo 84, Charing Cross Road de Helene Hanff, un libro en el que la autora se envía cartas con su librero, lloré desde las diez de la noche hasta las tres de la mañana. Estaba en una tusa tremenda y ese libro me abrazaba. Me lo había recomendado ese mismo día el librero del man por el que lloraba, y lo había comprado con el man por el que lloraba.
Otra vez, cuando era niña, descubrí en la biblioteca de la casa, en la que, en el último estante estaban los libros izquierdosos del papá asesinado —como El capital de Marx—, Poemáquinas, una antología de iniciación a la poesía que compiló Darío Jaramillo Agudelo. Desde entonces, nunca se me han ido las ganas de escribir. Supongo que la vida sería más fácil queriendo ser otra cosa. Ahí conocí a Nicanor Parra, ese que escribió, por ejemplo : Y antes que se me olvide/ al propio dios hay que cambiarle nombre/ que cada cual lo llame como quiera:/ ese es un problema personal.
Mi mamá me confiscó a Alejandra Pizarnik a los dieciséis porque yo llevaba ese libro morado a todas partes y escribía poemas tristes y repetía que se había suicidado el mismo día de mi cumpleaños, el 25 de septiembre, pero catorce años antes. Le dio miedo que me asomara tanto al vacío.
Desde que descubrí que una vez unas monjas en Medellín censuraron el final —o quizá todo el libro, es que ya no me acuerdo de la historia completa— de El coronel no tiene quien le escriba, de Gabriel García Márquez, por allá en los años 80, es mi libro favorito. No entiendo por qué les parecía tan terrible la palabra mierda.
Nunca terminé leyendo El capital de Marx, sin embargo. No pasé de la primera página, pese a tenerlo tan a la mano, mirándome. Nunca he querido ser una líder social ni sacrificarme por nadie.
Porque los libros son peligrosos, pero no por las razones de los censuradores.
Tenía un amigo, muy lector, que leía de todo, y sin embargo nunca cambió sus ideas derechosas sobre el mundo. Tremenda lección: los libros no nos cambian de las maneras que pensamos. Los libros nos amplían el mundo, pero nos dejan escoger.
Al final todo se reduce a lo mismo: el problema somos los humanos y lo que hacemos con los libros —o con la tecnología, y etcétera.
Y ahí es cuando leer un libro —o no leerlo— no nos pone de un lado u otro de la historia. En Colombia tenemos que hablar de lo que pasó: el M-19 es parte de la historia del país, en la violencia y en la política. No hay que ser negacionistas: hay que discutir y entender y conversar de lo que no nos gusta. Porque el silencio es lo que hemos impuesto para enfrentar, incluso, las consecuencias de la guerra. En este país negamos hasta a las víctimas.
Censurar un libro —como lo intentó hacer el alcalde Federico Gutiérrez esta semana con un evento de presentación de un libro sobre el M-19— es debilidad, incapacidad de batallar con las ideas diferentes, de argumentar. Prohibir lo que nos incomoda no puede ser la manera de gobernar: eso no es democracia. Es lo que pasa en las dictaduras: controlarlo todo.
Nunca es un acto de poder, pero sí contra las libertades de expresión y pensamiento y a favor de la ignorancia. Eso es lo importante: cultivar la ignorancia para que sea más fácil ser poderosos.
Pero que no se nos olvide que en una misma ciudad —y en un mismo país y en un mismo mundo— los ciudadanos pensamos distinto, y hay que convivir con ello. Lo más difícil es aprender a vivir en la diferencia. Que está bien pensar distinto.
Ojalá leyéramos más, para aprender a argumentar mejor.
Ojalá nuestros gobernantes leyeran más, para que gobernaran mejor —solo por empezar.
Medellín ha sido ejemplo en su relación con los libros y la lectura, en un trabajo conjunto de muchas personas e instituciones. De sus ciudadanos. Y esa es la defensa que debe unirnos: respetar la libertad de leer.
De elegir nuestros propios peligros lectores.
Porque no, Medellín no puede ser la capital mundial de solo algunos libros.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/monica-quintero/