«¡Este evento se cancela!», trinó el mandatario enardecido, anteponiendo su sesgo, sus prejuicios. Se acata, pero no se cumple. Igual habló el escritor, escuchó el auditorio. Afuera, la policía rondó a la espera de capturar a los culpables de cometer el delito de no pensar igual que el alcalde, Federico el Censurador.
Dijo más el mandatario. «En Medellín nunca tendrá espacio la apología al terrorismo», porque enceguecido por sus propios odios, prejuzgó la portada sin conocer el libro. Y agregó: «Nuestra ciudad respeta la memoria de las víctimas, no la propaganda de quienes empuñaron las armas» y el chiste se cuenta casi solo al mirar la mercadería del narco convertido en estrella pop que inunda la venta de recuerdos que compran los extranjeros para rememorar su paso por esta tierra.
Pero obviemos la ironía, quedémonos en el ejercicio torpe y tonto del poder: el intento de Federico Gutiérrez, alcalde de Medellín, de censurar la presentación del libro El M19. De la guerra a la política, del investigador Jaime Rafael Nieto López. Se paseó al otro día por varios medios de comunicación donde lo trataron con candor, lo dejaron hablar, repetir sus argumentos falaces: quieren reescribir la historia, clamó aquí y allá.
No, alcalde, los libros como ese del profesor Nieto López sirven para entenderla. Reescribir la historia se parece más a sus actitudes negacionistas: mandar a tapar murales que cuentan una parte del relato que usted prefiere desconocer, primero. E intentar que no se escuche la voz de quienes se han detenido a estudiar a uno de los protagonistas de nuestras violencias y de su camino hacia la legalidad, después.
Diría que los libros no necesitan defensa. Están ahí, circulan, incluso los prohibidos han encontrado forma de moverse de mano en mano, de llegar a más personas. La suerte del texto académico en cuestión cambió y se leerá más, sin duda, gracias a la intervención del alcalde Gutiérrez, que le gusta escoger bando. «Yo sí sé de qué lado de la historia estoy», escribió y repitió ante los micrófonos. Allá el alcalde Gutiérrez y su propio Índice Expurgatorio, que le sirve como piezas de vaqueta para no ver más allá de lo que le permite su ideología. Pobre de él.
Tal vez necesitemos defender con más ahínco que a los libros, a las libertades. Porque detrás del vergonzoso intento de censura del personaje con poder, lo que se esconde es una idea del mundo, del deber ser de las cosas, donde solo tendrán espacio aquellos y aquello que sientan algunos que es lo correcto, que relaten y retraten lo que consideran su lado de la historia.
Que no se pase por alto que el alcalde Gutiérrez le cerró (y fue secundado por los funcionarios a cargo del espacio) la Biblioteca Pública Piloto —un lugar para la «participación de la palabra viva, el diálogo intercultural y la pluralidad de puntos de vista», como lo señaló la Biblioteca Nacional de Colombia y la Red Nacional de Bibliotecas Públicas al rechazar la intentona de censura— a un grupo de ciudadanos reunidos en un evento cultural, académico y sí, político, que no es lo mismo que proselitista, como confunde a sabiendas el alcalde. Y si no es capaz de distinguirlo, peor aún.
Lo que hizo Federico Gutiérrez desde su poder como alcalde de la ciudad —de la capital mundial del libro, reconocimiento de la Unesco que él tanto celebró— fue estigmatizante y deslegitimador del debate académico, como se lo recordó la Fundación para la Libertad de Prensa (Flip).
«Su deber como funcionario es garantizar el ejercicio pleno de la libertad de expresión y promover un entorno libre y seguro para el debate público con el fin de fortalecer la democracia», agregó la Flip. Y vale la pena resaltar eso de democracia, porque es una palabra que Gutiérrez utiliza con frecuencia, aunque en el fondo parece no entenderla del todo bien.
Puede ser que al mandatario lo distraen los aplausos de sus aúlicos. O quizá la comodidad con que lo tratan en los medios de comunicación. Será acaso que se siente elevado como bastión opositor y por eso reacciona fácil ante el color de una bandera —como un toro provocado por el movimiento del capote— y se le olvida pasar sus acciones por la razón. Y embiste, entonces, sin pensar.
Que no se le olvide que usted es alcalde, no rey que decide lo que se lee y lo que se dice en su feudo.
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