Para escuchar leyendo: Déjame tomar asiento, José María Vitier.
Desde hace muy poco tiempo, por muchos choques y dolores, descubrí en mi fe católica un universo que antes se me limitaba a las breves nociones que había guardado de mis colegios de monjas y curas. Empecé a estudiar y escudriñar más en esa complicadísima y milenaria red de saberes, reflexiones, consideraciones y enseñanzas, con la constante de un doble sentimiento, la sorpresa de quien descubre mundos y la alegría de sentirse reconfortado en ellos y en la certeza de un Dios de amor, que es como entiendo mi fe.
Dentro de toda esta amalgama de saberes y dogmas, uno de los conceptos que más ha motivado mi curiosidad religiosa e intelectual, es el de la infalibilidad papal. No porque sea un tema cotidiano, porque, de hecho, en toda la historia de la Iglesia Católica solo se ha ejercido de manera explícita en un par de ocasiones, sino precisamente por la tensión maravillosa que habita en su interior: la de un hombre que es, al mismo tiempo, tres cosas distintas y casi irreconciliables. Es pastor, con la responsabilidad de guiar a más de mil millones de creyentes. Es persona, falible (porque el dogma reviste a la institución, no a la persona), mortal, cargada de historia y de contradicciones como cualquier ser humano. Y es, según el dogma definido en el Concilio Vaticano I en 1870, el heredero de Pedro, la piedra sobre la que Cristo edificó su Iglesia, dotado de una autoridad que —bajo condiciones muy estrictas y excepcionales— se vuelve, en teoría, impermeable al error. Esa triple naturaleza, ese vértigo entre lo humano y lo institucional, entre la humildad del siervo y el peso casi sobrenatural del cargo, es una ambivalencia que siempre me da vueltas cuando veo al Papa de turno.
La idea del Papa pastor, en resumen, me genera una cierta tranquilidad que me gusta explorar. Y ahora, en los días en que los católicos nos chocamos de frente con el primer aniversario de la muerte del papa Francisco, debo reconocer que, en su pontificado, muchas de las cosas que me enseñaron en las clases de catequesis se me mostraron como reales.
Para un hincha de la semiótica, como yo, la Iglesia Católica es un océano de símbolos a explorar. El papa León XIV, por ejemplo, tuvo como primera declaración a su feligresía, el mismo mensaje que el Jesús resucitado le dio a sus discípulos: la paz sea con ustedes.
Francisco fue, para muchos de nosotros, una especie de traducción. No cambió el texto original, pero sí la forma en que ese texto llegaba. Durante años, la fe me había parecido un conjunto de normas repetidas con la solemnidad de quien no espera preguntas, una letanía que exigía obediencia antes que comprensión. Francisco, en cambio, habló de una Iglesia que huele a ovejas, que sale a buscar al perdido en lugar de esperar que el perdido se presente limpio y arrepentido en la puerta. Habló de una fe que no excluye, que no administra la misericordia como si fuera un recurso escaso. «Todos, todos, todos», repitió en el Sínodo de 2023, y esas tres palabras, simples hasta la obviedad, me resonaron con una fuerza que pocas veces había sentido en un mensaje institucional, y resulta que era uno de la Iglesia.
El papa no hablaba desde una estrategia de comunicación, lo hacía desde la convicción.
Y eso, para quienes se habían sentido al margen, no por incredulidad, sino por la sensación de que la fe organizada tenía poco espacio para la duda, para la pregunta, para el que llega a medias, fue un gesto enorme. Francisco no resolvió todas las tensiones frente a la Iglesia, pero sí nos recordó que detrás del dogma, detrás del símbolo, detrás del rito, hay una idea central que es, en el fondo, sorprendentemente sencilla: la de un Dios que busca, que perdona, y que prefiere la compañía de los imperfectos a la soledad de los perfectos.
Ahora que después de un año volvemos a caminar sus memorias por estos días, quiero resaltar que no es este solo el resultado de la admiración por un hombre. Si Jorge Mario Bergoglio llegó a convertirse en Francisco, si nos llegó a todos, fue porque también supo ser instrumento de la paz de Dios, como rezó el santo del cual tomó el nombre.
Hace falta, Santo Padre, rece por nosotros.
¡Ánimo!
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