Esta elección es trascendental para Colombia. Lo que está en juego es demasiado, empezando por la democracia y la libertad. Los riesgos de fractura democrática con un autócrata como Iván Cepeda están ampliamente diagnosticados, empezando por la desaparición de la Constitución de 1991 y, con ella, del Estado social de derecho como lo conocemos.
Aparte de todo ello, es para Álvaro Uribe una elección con una carga vital tremenda. El expresidente ha sabido por años cabalgar victorias contundentes a nombre propio y por interpuesta persona, y también ha padecido la derrota y las peores horas de su partido político, todo ello con audacia. Pero esta, de nuevo, no es para él una elección cualquiera: se juega su legado y su libertad.
Uribe ha sido llevado a un juicio endeble en materia probatoria, pero sumamente degradante para su persona. Porque aunque lo que se le imputa son delitos menores de fraude procesal, lo que hay detrás es un relato, un discurso y un hecho político de grandes proporciones: sepultar la figura de Uribe bajo la mácula del paramilitarismo y los crímenes de Estado. Cepeda ha hecho de la ruina del expresidente su impulso político y existencial. Y sin duda alguna, si llega a la Presidencia, desplegará todo su poder para finiquitar la tarea que lleva años desarrollando.
Por eso esta no es una elección más en el calendario colombiano ni un simple relevo de nombres, consignas y banderas. Es una disputa de fondo sobre el sentido mismo de una época política. Porque a Uribe no solo le están peleando un electorado, una influencia o una vigencia. Le están peleando su lugar en la historia. No basta con derrotarlo políticamente: hay que convertirlo en símbolo de todo aquello que una parte del país dice querer dejar atrás.
Y esa es, justamente, la dimensión más profunda de esta contienda. Lo que se busca no es apenas discutir sus decisiones, cuestionar sus gobiernos o contradecir su visión del país. Lo que se busca es clausurar su significado. Que todo lo que representó quede comprimido en una sola acusación moral. Que años enteros de una forma de ejercer la autoridad, de concebir la seguridad y de entender el Estado terminen resumidos en una caricatura útil para sus enemigos.
Por eso Uribe sabe que esta batalla no se libra solo en los tribunales ni únicamente en las urnas. También se libra en el terreno del relato, en la memoria pública, en la interpretación que quedará de él para las generaciones que no vivieron ni el terror de los años más duros ni el impacto político de su ascenso. Y sabe también que sus adversarios han entendido desde hace tiempo que su demolición personal es una condición necesaria para consolidar su propio proyecto de poder.
Más allá de la política, Uribe enfrenta hoy la disputa por su propio legado. Sus adversarios pretenden convertirlo en el chivo expiatorio de los problemas nacionales, fijando esa imagen en la memoria colectiva. Por eso, estos comicios representan para él algo más que una victoria: son la última barrera para impedir que otros definan, de manera irreversible, su paso por la historia.
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