Fraude médico

Para escuchar leyendo: El Niágara en bicicleta, Juan Luis Guerra.

Queridos lectores, para esta semana le propuse a la doctora Estefanía Martínez Rendón cederle mi espacio semanal, para reflexionar sobre la trampa que se registró en el proceso de admisión a las especialidades médicas en la Universidad de Antioquia. Martínez, además de ser médica y residente de tercer año de Pediatría, tiene un afiliado sentido crítico, una mirada necesaria al deber ser y la responsabilidad que tienen los médicos en una sociedad como la nuestra, y una generosidad única (tanto que la ha llevado a compartir su vida conmigo).

A continuación, comparto las reflexiones de la doctora Estefanía:

Durante años, muchos de nosotros hicimos lo que se suponía que debía hacerse: estudiar. Estudiar después del turno, estudiar con sueño, estudiar mientras otros avanzaban en sus vidas personales. A mí me tomó cuatro años poder ingresar a la residencia que quería. Cuatro años en los que me preparé para múltiples exámenes en diferentes universidades del país, persiguiendo el sueño de ser especialista. Años de esfuerzo para presentar, una y otra vez, una prueba que no solo mide conocimientos, sino disciplina, sacrificio y vocación.

Por eso, lo ocurrido el 10 de abril de 2026 en la Universidad de Antioquia no es simplemente una falta académica. Es una traición. A quienes hicimos las cosas bien, a la profesión y, sobre todo, a los pacientes.

Porque aquí no estamos hablando de cualquier carrera. Estamos hablando de medicina: de personas que, en muchos casos, tendrán en sus manos decisiones sobre la vida de otros ¿Qué tranquilidad puede tener un paciente al saber que su especialista no llegó allí por mérito sino por trampa?

Indigna. Indigna profundamente.

Indigna pensar que, mientras muchos renunciamos a tiempo, dinero, estabilidad emocional y momentos familiares que no vuelven, otros decidieron simplemente pagar por las respuestas. Que mientras unos repetíamos bancos de preguntas hasta el cansancio y dudábamos constantemente de si estábamos suficientemente preparados, otros optaban por engañar el sistema. Aunque, en el fondo, no engañaban a la universidad: se engañaban a sí mismos.

Este caso revela una desconexión preocupante con el sentido real de la medicina. Para algunos, el fin justifica los medios, incluso cuando esos medios comprometen la calidad de la atención en salud. Y eso, sencillamente, no puede ser.

La medicina no puede construirse sobre atajos ni sostenerse sobre engaños. No se puede permitir que quienes burlan el sistema sean los mismos que, más adelante, tomen decisiones clínicas.

A quienes hemos recorrido el camino difícil nos queda la certeza de haber hecho lo correcto. Nos quedan todas esas veces en las que no pasamos un examen o entrevista, pero volvimos a intentarlo. Todos esos días acumulados con la esperanza de alcanzar ese cupo. Y cuando finalmente se logra, la satisfacción de saber que cada sacrificio valió la pena es completa, sin asteriscos, sin peros.

Pero esto no termina ahí. También nos queda una responsabilidad: no normalizar lo ocurrido, exigir transparencia y defender el mérito como condición mínima. Porque la medicina —y me parece increíble tener que aclararlo— no admite trampas.

Hoy más que nunca me lo subrayo, y a través de esta ventana también al mundo: Per aspera ad astra.

¡Ánimo!

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