Hay preguntas tan antiguas que ya no buscan resolverse, sino que se aceptan como paradojas útiles para explicar lo cotidiano. La del huevo y la gallina, por ejemplo, permite detectar cuándo alguien intenta ordenar el relato a su conveniencia. Porque, en el fondo, no importa qué fue primero —si el huevo o la gallina—, sino quién fija ese orden.
En el panorama político colombiano, la fallida candidatura presidencial de Vicky Dávila encaja en esa lógica. Allí queda claro que el periodismo no es una prioridad, sino un plan B al que se recurre cuando el orden del relato cambia. Para Dávila, el oficio aparece y desaparece según el momento: primero como plataforma política; ahora —tras su fracaso en las urnas— vuelve a presentarse como garante de la democracia ante el poder. Pero ya no ocupa el mismo lugar. Ya no puede.
Su regreso a la Revista Semana no es un simple movimiento laboral, dice algo claro sobre cómo entiende el oficio. Que el periodismo puede ponerse en pausa y retomarse cuando otras apuestas fallan. Es, en la práctica, un plan B.
No es un juicio moral, es un hecho. Dávila no bordeó la política: entró en ella. Tomó partido, construyó un proyecto, buscó poder. Y ese paso cambia su relación con el periodismo. Quien compite por el poder deja de observar desde afuera. Por eso, su regreso a Semana no es neutro.
Hace pocos días, Daniel Coronell hizo público un mensaje enviado al grupo de whatsApp de la “gran consulta”. Allí, Dávila expresaba su respaldo a la candidata Paloma Valencia y hablaba, sin rodeos, de su necesidad de trabajar. Agradece la puerta abierta en Semana y aseguraba que, tras la experiencia, había descubierto que es “periodista de corazón”. Prometía, además, no volver a ninguna campaña política y cerraba con una frase reveladora: “siempre estaré para ustedes”.
En ese juego del huevo y la gallina, el periodismo queda después de la política. Deja de ser el punto de partida desde donde se vigila al poder y se convierte en refugio cuando el poder no se alcanza. Y ahí se rompe una regla básica del oficio: el periodismo sólo se debe a sus lectores. Cuando esa lealtad se quiebra, deja de incomodar y empieza a servir. Y con ello, pierde su lugar como contrapeso.
No se trata de exigir purezas imposibles. El periodismo admite posturas. El problema es otro: cuando esas posturas se convierten en militancia, la distancia desaparece. Y sin distancia, el periodismo es otra cosa: comentario, activismo, propaganda, pero no periodismo.
El caso no es aislado. Colombia normalizó la puerta giratoria entre medios y poder. Figuras como Francisco Santos ya recorrió ese camino y dejó la misma conclusión: el periodismo —el independiente— puede esperar.
El regreso de Vicky a Semana no fue aislado: es coherente con una línea editorial cada vez más explícita en sus afinidades políticas y menos distante del poder. No hay rupturah, hay continuidad,pero hay algo más incómodo que el regreso: el tono. Esa ligereza que sugiere que basta cambiar de escenario para cambiar de rol. Se nota en sus primeras entrevistas un tono amable, gestos calculados y una escena que pretende instalar una idea simple, aquí no pasó nada.
Pero pasó y los ciudadanos lo saben porque cuando el periodismo deja de ser el punto de partida y se convierte en una opción posterior, cambia su naturaleza. Ya no es independencia: es un relato condicionado que conserva las formas del periodismo.
El tiempo dirá si Dávila cumple su promesa de no volver a la política, pero en este juego del huevo y la gallina ya se fijó un orden. Y cuando el orden se invierte, también se invierte el lugar del periodismo: deja de ser el origen y termina siendo, apenas, el plan B.
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