La desconexión de Cepeda

En la medida en que se reducen las candidaturas presidenciales con opciones de sentarse en el solio de Bolívar, parece más inminente el triunfo de un candidato de derecha: Paloma Valencia o Abelardo de la Espriella (ADLE). Aun divididos para la primera vuelta, cualquiera que pase a la segunda superaría a Iván Cepeda, que en este escenario definitivo, desciende en las encuestas, perdiendo por nueve puntos porcentuales con ADLE y por ocho con Paloma.  

La última encuesta de AtlasIntel publicada este jueves por la revista Semana confirma algo en lo que he sido reiterativo en este y otros espacios: Iván Cepeda no va a ser presidente, por las razones estructurales expuestas en la columna titulada Tranquilos goditos: Cepeda no va a ganar, publicada el 8 de febrero. Allí considero tanto las ventajas de la derecha como las dificultades de la izquierda. Pero si antes no la tenía fácil, con esta encuesta se le puso doblemente difícil.

 
Por eso hoy haré foco solo en una de las falencias que debe superar Cepeda si quiere ampliar su techo electoral: la falta de conexión con una mayoría de posibles electores que no le copian, los ignora o ambas cosas.  

Paradójico, si se tiene en cuenta que el candidato de la izquierda agenda, como debe ser, el principal problema objetivo que afecta a la mayoría de los ciudadanos de este país: la desigualdad. En los estudios e indicadores sobre distribución de la riqueza, como los de Oxfam y el coeficiente Gini, Colombia siempre está en los deshonrosos primeros lugares del mundo.

La injusticia social está en la base de los otros grandes flagelos que tenemos: la corrupción, la polarización, la inseguridad, etc. Si Cepeda es el abanderado de ese tema medular, ¿por qué no conecta con una parte de los colombianos, cuando la mayoría padecen la desigualdad? Razones hay muchas, pero me centraré en las dos más relevantes, para simplificar y no extenderme mucho.

La primera es que si bien, por dignidad, todos los humanos queremos ser tratados como iguales –especialmente cuando nos vemos en desventaja ante los demás–, no siempre deseamos lo mismo para nuestro prójimo. Exigimos igualdad de condiciones y oportunidades para nosotros, pero no tanto para los otros, porque, como tendencia, deseamos sentirnos superiores a nuestros congéneres.

A menudo somos egoístas y esnobistas, y por eso ansiamos un estatus superior. No nos molestan las clases superiores, sino el no pertenecer a ellas; por eso, no nos interesa que se acaben. Es más, queremos emular a esas clases privilegiadas, como planteaba el economista y sociólogo estadounidense Thorstein Veblen en su Teoría de la clase ociosa.

Por esta razón el tema de lucha de clases, implícito en los discursos de la igualdad, no nos interesa mucho como bandera política, porque aunque no seamos privilegiados, si aspiramos a serlo. Somos más papistas que el papa, no solo por idiotas, como creen algunos, sino también por aspiracionales y porque, si ascendemos socialmente, no queremos que nos critiquen ni nos limiten nuestros privilegios y libertades.  

La segunda está muy relacionada con la anterior. Cepeda habla y hace propuestas, básicamente, para los que están por fuera del baile o les va mal en él. Para “los nadies”; los excluidos y postergados, que son la mayoría. Pero hay unos que, aun estando afuera, se sienten adentro y no toleran ni que les digan que no fueron invitados.

Pero también hay unos pocos privilegiados, los dueños del baile y de la música que nos toca bailar, que, siendo minoría, moldean la opinión y los deseos –más que los intereses y las necesidades– de la mayoría. Apelan a lo subjetivo, a las percepciones y emociones, más que a la razón y a la realidad. Le hablan al corazón más que a la razón, no importa si dicen verdades o no.


Para estas personas, pocas pero muy influyentes, que también tienen necesidades y angustias personales y sociales, Cepeda no habla ni tiene casi propuestas. Con razón se sienten excluidos y amenazados. No es solo por godos, como piensan algunos.

En suma, desde la misma elección de su fórmula vicepresidencial, Aida Quilcué, Cepeda dio una señal muy clara de que quiere gobernar, básicamente, con y para “los nadies”. Reconozco los méritos de Aida y valoro bastante que sea mujer e indígena; cuestiono es la pertinencia estratégica de su selección. Una figura tipo Maurice Armitage, empresario y político de centro, podría haber ampliado los horizontes de la campaña.

No entiende que hay muchos colombianos que, aun siendo parte de esa mayoría, tampoco les gusta sentirse excluidos o que les hablen. Es entendible, entonces, que no les nazca votar por él.   

Cepeda y la izquierda deben entender que los modelos de desarrollo de una sociedad no se construyen desde abajo hacia arriba. Tampoco desde arriba hacia abajo y menos desde afuera hacia adentro, dictados por el Fondo Monetario Internacional u otros organismos multilaterales, como le gusta a la derecha. No, los modelos de desarrollo sostenibles e incluyentes son los que se hacen desde adentro y con todas las capas sociales, interpretando sus culturas y necesidades.

Sé que ha habido esfuerzos por conectar con gremios, grandes empresarios y otras entidades del establecimiento, pero han sido tímidos en cantidad y en la divulgación de los encuentros y de las propuestas que allí emergen.

Para profundizar los cambios sociales que el país necesita, como propone, Cepeda y la izquierda deben saber que esos cambios solo son posibles si se hacen con todos y para todos; no solo con los que ya le creen y tiene asegurado el voto. Hay que conectar e incluir a los más privilegiados, a los excluyentes, a las élites y a los elitistas, así nos fastidien y se fastidien.


Podría empezar por conceder más entrevistas y participar en debates y conversatorios en donde estén este tipo de personas y abordar temas de interés general como la inteligencia artificial (IA). Sé que no pretende excluirlos, pero debe ser más explícito en incluirlos. Y así avanzar, como dice Lula da Silva, en medio de las diferencias. 

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/pablo-munera/

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