Leo un libro, escucho un podcast. En ambos hablan del final de la utopía. ¿Y si de verdad perdimos la capacidad de imaginar un mejor futuro? ¿Y si es cierto que renunciamos a toda capacidad de soñar cómo puede ser un día vivir —convivir— en este esferoide oblato que llamamos Tierra? ¿Si realmente dejamos de soñar con utopías?
No es ya, como escribió Eduardo Galeano, que la utopía esté en el horizonte y nos sirva para caminar. Es que nos hemos detenido. Quizá es porque, puestos a ver el mundo y su deriva, alguien dijo —dicen que fue Žižek o un tal Fredric Jameson—: «Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo» y tantos lo vemos tan cierto que de verdad solo vemos, desde el sitio estático donde nos quedamos, el feo aspecto del futuro, porque estamos viviendo en este presente.
Podemos, sí, vislumbrar futuros posibles: pestes, catástrofes, totalitarismos, hambruna, guerras, posguerras, apocalipsis… Hasta nos lo venden como entretenimiento. La distopía como entretenimiento.
«¿Es cierto que en una región —en un mundo— en que las desigualdades son cada vez más brutas, renunciamos a la aspiración a la igualdad y nos conformamos con que, eventualmente, algún día, si tenemos suerte y el viento acompaña y los dioses se apiadan, todos coman?», se pregunta Martín Caparrós al final de su extensa mezcla de ensayo y crónica que es Ñamérica. Y parece que la respuesta es sí.
Aquí y allá parece haberse dormido la idea de un mejor futuro. O no, quizá no es tanto así. Me corrijo, replanteo: aquí y allá parece haberse dormido la idea de un mejor futuro para todos. Porque si algo está claro (en la política, en la economía, en las redes sociales, en esos panfletos mezcla de administración y psicología barata que se venden en librerías y en estantes de supermercado), si algo está claro, digo, es que el grito que resuena es ¡sálvese quien pueda! Primero yo… y segundo y tercero.
Para salvarse hay que tener con qué.
Quizá nuestra derrota como especie sea esa, el individualismo. La torpe idea de que si yo estoy bien, qué importa los que están mal, confundiendo bienestar con supervivencia. Y hacia allá corremos todos con una consigna clara, fija, a ver si logramos subirnos al bote salvavidas que solo recibe a quienes puedan pagar el boleto bien sea para subirse… o para agarrarse, que el aforo es limitado.
Diré que soy parte del problema: cuando me asomo hacia el futuro no me gusta lo que veo; cuando miro el presente, el camino que elegimos seguir como especie no parece llevar a un final feliz ya no para todos, ni siquiera para las mayorías.
«Hasta cuándo seguiremos esperando / que amanezca de una vez el nuevo día / ya está bien de proclamar que está llegando / cuando queda tanta noche todavía», canta Alberto Cortez.
Pero diré, además, que deseo equivocarme, con todas mis fuerzas, con toda pasión. Quiero estar errado, quiero que sí haya otros —muchos— soñando ya en cómo será ese mundo del futuro que soy incapaz de ver (quizá porque esta época que me tocó vivir en suerte está lejos de morirse, aunque lo parezca). Y que, en efecto, llegue.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/mario-duque/