Talento de televisión

Los acosadores no se redimen rezando. Tampoco son menos culpables por estar rodeados de una familia ejemplar o de amistades influyentes. Ante la justicia, la biografía —por brillante que parezca — no exculpa a nadie.

Porque se sienten intocables, muchos de ellos actúan convencidos de lo contrario. Ostentan poder, acumulan capital simbólico y social, y se mueven en entornos que les permiten, durante demasiado tiempo, ejercer violencia con impunidad. Ese tiempo —largo, injustificable— se sostiene, entre otras cosas, en el silencio de quienes por miedo no denuncian. Debe quedar claro: denunciar no es fácil cuando se está en una posición de desventaja, bajo intimidación o dependencia.

En ese contexto, la voz del poderoso pesa más. Y si ese poderoso lleva décadas ocupando un lugar en las pantallas, su palabra no solo se escucha: se cree y se defiende. Incluso cuando la evidencia lo contradice. Puede parecer absurdo, pero basta revisar las reacciones en redes sociales para constatar. Aunque la mayoría de personas respaldan a las periodistas víctimas de acoso sexual en Caracol televisión, hay un sector —minoritario, sí, pero ruidoso— que se apresura a defender a los acusados.

Sus argumentos se repiten: si fuera cierto, habrían denunciado hace años; hay intereses ocultos; todo responde a conspiraciones políticas o religiosas. En esa lógica, el acoso se relativiza y el agresor se convierte en víctima de una supuesta campaña en su contra. Incluso se llega a insinuar que las denunciantes actúan por despecho o por intereses ajenos a la verdad. Defender lo indefendible, en este caso, implica negar la violencia sistemática ejercida por hombres de poder y deslegitimar, una vez más, la palabra de las mujeres.

Frente a esto, la valentía de las periodistas que han decidido denunciar a estas “vacas sagradas” de la televisión no solo merece reconocimiento: exige acompañamiento y justicia. Desde los medios de comunicación, la academia, las organizaciones y la sociedad civil, hay una responsabilidad colectiva de no reducir estos hechos a supuestas estrategias de desprestigio. Hacerlo es ignorar la persistencia de una violencia estructural que sigue marcando la vida de muchas mujeres.

Porque el problema no empieza ni termina en los casos visibles. La Violencia Basada en Género (VBG) se filtra en lo cotidiano: en comentarios aparentemente inofensivos, en alusiones constantes al cuerpo de las mujeres, en chistes y “observaciones” que, bajo el disfraz del humor o la opinión, reproducen la desigualdad. Basta con prestar atención para advertir que, esto sigue ocurriendo en emisoras de alta credibilidad, como lo es la W, ahora Caracol Radio, donde se realizan comentarios sexualizados que, bajo la apariencia de una investigación rimbombante, terminan objetualizando el cuerpo de la mujer. Conviene subrayar que este comportamiento no es exclusivo de la franja informativa o la cadena radial: se reproduce con facilidad en diversas emisoras.

Lo que resulta más indignante es que hablamos de uno de los programas informativos más escuchados del país, dirigido por figuras de gran relevancia que apelan a las buenas prácticas periodísticas y a una trayectoria intachable.

Y aquí hay un punto clave: lo que se escucha, se aprende. Cuando quien habla es percibido como autoridad, su discurso adquiere un peso casi incuestionable. Así, la figura del acosador puede diluirse fácilmente en la del “malinterpretado”, mientras que las mujeres —periodistas o no— quedan atrapadas en la exigencia permanente de probar lo que vivieron.

Porque no basta con denunciar. A las víctimas se les exige repetir, detallar, revivir lo ocurrido hasta el agotamiento. Deben narrar lo innombrable una y otra vez, enfrentarse a la duda, al escrutinio, a la indiferencia. Y aun así, muchas veces no se les cree. Mientras tanto, el daño persiste: algo se quiebra en su interior, y su entorno, aunque lo conozca, rara vez responde con la urgencia necesaria. 

Según la Corporación Excelencia en la Justicia durante el año 2025 cada 16 minutos una persona fue víctima de violencia sexual en Colombia. Durante años, el marco normativo resultó limitado frente a estas violencias. La Ley 1010 de 2006 definió el acoso laboral como una conducta “persistente y demostrable”, lo que en la práctica dejó por fuera múltiples formas de acoso sexual que no podían acreditarse como reiteradas. Ese enfoque cambia con la Ley 2365 de 2024, que reconoce que el acoso sexual laboral puede configurarse con una o varias conductas, sin exigir persistencia. Un solo acto basta. Además, amplía su alcance al no requerir vínculo laboral formal y refuerza las obligaciones de empleadores y entidades en la prevención, atención y protección de las víctimas.

Como respuesta a las acusaciones, uno de los presentadores publicó un comunicado en el que apeló a la familia, a los amigos y a la certeza de haber actuado correctamente; incluso puso de testigo a Dios y a la Virgen. Resulta, cuando menos, patético intentar vincular ética periodística con moral religiosa para justificar conductas de acoso. Un acosador, por más talento de televisión que crea tener, no está por encima de la justicia. Y si se invoca la verdad o la fe, conviene recordarle que la figura de la Virgen —tan mencionada en su discurso de defensa— representa, ante todo, a las mujeres: a todas, y muy especialmente a aquellas que fueron silenciadas.

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