En Antioquia, quien habla de política lo hace como si hablara del clima: como si lo que ocurre aquí definiese lo que ocurre en todo el país. Es una forma de etnocentrismo político que, aunque eficaz para la cohesión territorial, resulta profundamente limitado para comprender la complejidad de Colombia. El problema no es la identidad regional o eso que llamamos “orgullo paisa”; es la extrapolación: creer que Antioquia es el termómetro de la política nacional.
Durante las dos primeras décadas del siglo XXI se instaló, principalmente desde Antioquia, una idea poco cuestionada, que Colombia era “uribista”; es decir, de centro-derecha y derecha; adversa a proyectos como el de Gustavo Petro (@petrogustavo). Sin embargo, las elecciones presidenciales en 2022 y los resultados electorales en 2026 confrontan esa “zona de confort” de los antioqueños en política. En las elecciones legislativas del 8 de marzo, el Pacto Histórico (@PactoCol) obtuvo la mayor votación al Senado (@SenadoGovCo), creciendo en más de 1.5 millones de votos y consolidando la bancada más numerosa con 25 senadores. En la Cámara pasó de tener 26 a 37 representantes. Y en Antioquia, pasó de 2 a 3 representantes. Sin embargo, ese resultado, en lugar de leerse como un dato político relevante para las elecciones locales y regionales en 2027, parece que no se hubiera valorado en estas tierras y suele interpretarse como la excepción que confirma la regla. Ahí radica el problema.
Este fenómeno puede leerse a la luz de lo que Pierre Bourdieu denominaba la “ilusión de la evidencia”: la tendencia de los grupos a naturalizar su propia experiencia como si fuera universal. En Antioquia, el “uribismo” (@AlvaroUribeVel) y el Centro Democrático (@CeDemocratico) son el lente para interpretar el país político. Pero Colombia no es homogénea; es una diversidad de territorios. Mientras en Antioquia el discurso político suele girar en torno a la seguridad y la economía; en el Pacífico por la exclusión histórica y el abandono estatal; en el Caribe, por dinámicas clientelares y economías informales; en Bogotá, por debates sobre la desigualdad urbana y la movilidad. Asumir que todas esas realidades locales se alinean con una misma orientación ideológica nacional es, cuando menos, una simplificación.
Aquí resulta útil recordar a Jürgen Habermas, quien murió hace poco: una democracia no se construye sobre la imposición de una visión, sino sobre la articulación de múltiples racionalidades en el espacio público. El problema del “ombligo político paisa” es precisamente su incapacidad para reconocer esas otras racionalidades.
La política, en un país como Colombia, no puede leerse desde un único territorio, Antioquia. Hacerlo no solo conduce a diagnósticos equivocados, como tantos que se hicieron en la campaña al Congreso, sino a estrategias fallidas, como lo evidencian los resultados de muchos candidatos antioqueños en las elecciones legislativas, en las que pasamos de tener 14 a 11 senadores. Quizá, este haya sido uno de los motivos.
No se trata de renunciar a la identidad regional, sino de trascenderla. Entender que políticamente Colombia no gira alrededor de Antioquia, sino que se disputa en múltiples escenarios de poder. Y reconocer esa pluralidad colombiana no debilita la política antioqueña, por el contrario, la fortalece.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-felipe-suescun/