Respetado Sergio:
Desde mi adolescencia, cuando empecé a interesarme y a participar activamente en procesos políticos, lo he visto como un referente de lo que significa trabajar incansablemente por lo público, con el propósito superior de servir al país y generar el mayor bienestar posible.
Nací en la Medellín que su administración comenzó a transformar, esa que nos hizo pasar del miedo a la esperanza, esa que proyectó a la ciudad como un referente mundial de urbanismo, innovación y cultura ciudadana. Usted es y será, para la historia, el mejor alcalde que ha tenido Medellín. Con su liderazgo no solo se imaginó una ciudad bella, incluso para los más humildes; también se renovaron profundamente sus cimientos y florecieron la dignidad, el empleo, el emprendimiento, el arte y la educación. Le debemos mucho.
Confío en su ética pública a toda prueba, en su transparencia y en su decencia para gobernar, virtudes de las que cientos de personas hemos hecho nuestra escuela. Su ejemplo ha sostenido nuestras convicciones y nos ha inspirado a pensar que Colombia merece más, merece algo mejor. Usted ha sido una guía para toda una generación de liderazgos en el país, y estoy seguro de que lo seguirá siendo.
Creo, además, en su enorme capacidad para conformar buenos equipos, rodearse de personas valiosas, trazar un rumbo claro y elegir a los mejores en cada frente. Su liderazgo público es de esos que escasean en un mundo lleno de populistas pendencieros y de vendedores de preceptos vacíos. En tiempos de cinismo, su manera de hacer política ha sido una defensa de la serenidad, del conocimiento y de la sensatez, valores hoy más necesarios que nunca.
Sé también que uno de sus mayores anhelos ha sido hacer de este país lo que hizo con Medellín y Antioquia: convertir esta sociedad en una más justa, más digna y más decente. Lo ha intentado ya tres veces, con una valentía inmensa, con un rigor admirable y con un talante incorruptible e infranqueable, en un país donde conquistar el poder resulta costoso en términos personales. Usted es un idealista, alguien que reivindica la política en su sentido más puro y noble.
No obstante, querido Sergio, tanto usted y su equipo como los ciudadanos y yo sabemos que la probabilidad de llegar a segunda vuelta y convertirse en presidente es casi nula. El contexto de atomización, la popularidad y el alcance de nuevas formas de hacer política, la frescura de otros liderazgos y algunos errores estratégicos lo alejan cada vez más de una oportunidad real de llegar a la Casa de Nariño.
Pero en sus manos, y en su grandeza —que sé que la tiene—, está la posibilidad de evitar que Colombia caiga por un despeñadero y condene a millones a un sufrimiento inconmensurable. Hoy lideran dos opciones extremas, aquellas que usted ha combatido y que sabe que representan las formas más oscuras de la política. Sin embargo, el 8 de marzo se nos presentó una oportunidad, tal vez la última, de ofrecerle a Colombia un camino distinto. En Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo hay dos políticos serios, decentes y bienintencionados. Puede que las coincidencias ideológicas no sean plenas, pero nada que no pueda resolverse poniendo por encima lo fundamental: el país.
Querido Sergio, este es un llamado, casi un ruego, a que considere anteponer el país a su deseo personal de aspirar a la Presidencia. Sus banderas, que me representan a mí, a mis amigos y conocidos, y a cientos de miles de colombianos, serían bien recibidas junto a Paloma y Juan Daniel. Allí podrá usted, al lado del maravilloso equipo que lo acompaña, ser partícipe de un nuevo capítulo en la historia nacional. A veces, la grandeza de un líder no consiste solo en perseverar, sino también en saber leer el momento histórico y actuar en consecuencia. Estoy seguro de que el país sabrá reconocer ese gesto.
Piénselo. Lo dejo a su consideración, si logra leerme, con la mayor humildad.
Con cariño y admiración,
Samuel Machado
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