Hay gente que sabe pescar en río revuelto. Hay otros que aprendieron a revolver el río.
El pasado sábado 14 de marzo, la directora del periódico El Colombiano, Luz María Sierra, en su navegación por Twitter, encontró una publicación de un usuario donde se puede leer un fragmento de un discurso de Iván Cepeda, el candidato del Pacto Histórico a la presidencia.
Ustedes ya saben lo que dice: «En palabras sintéticas, Antioquia se convirtió en cuna de la parapolítica, de la narcoeconomía, y del terrorismo de estado».
Al encontrarse con ese trino, la directora del periódico decidió actuar y comentó la publicación: «Iván Cepeda le debe una disculpa a Antioquia», dijo. Y, como en otra ocasión, su opinión en Twitter se convirtió en una línea que siguió el enfoque de los informes que publicó El Colombiano. De eso dejó rastro un informe del medio El Armadillo.
El trino inicial, el retuiteo comentado por Luz María Sierra y la cobertura posterior del diario (así como la sobrerreacción del paisa promedio indignado, incluidos el alcalde de Medellín y el gobernador de Antioquia) obviaron otros fragmentos del discurso, para quedarse solo con esas dos líneas que les funcionan para su propio relato.
En el rasgamiento de sus vestiduras y exigencias al candidato, prefirieron omitir que el discurso también dice esto: «A lo largo de la historia de nuestra nación, Antioquia y su gente se han caracterizado por tener una fuerte identidad regional, por valorar el esfuerzo, el trabajo, el empeño, por la iniciativa y el empuje empresarial, por la densidad del tejido social, la unidad familiar, por compartir arraigadas creencias religiosas.
En todo tiempo, Antioquia y su pueblo han hecho grandes aportes al desarrollo económico, cultural y social del país. Ese espíritu pujante, esa consideración de la laboriosidad como virtud humana, convirtió a este departamento en un referente de desarrollo empresarial e industrial».
Esa indignación, más cercana al chovinismo que al amor por el terruño, no es nueva. Es cíclica. Desde ya puedo decir que volverá a pasar: alguien dirá (o dirán que dijo) algo sobre Antioquia —algo cierto, por demás—. Y habrá un escándalo. Se agitarán banderas blancas y verdes. Habrá gente recitando estrofas del Canto antioqueño, del poeta Epifanio Mejía, sin saber siquiera quién fue Epifanio Mejía.
Es vieja, pues, la indignación (y maniquea, como le gusta a tantos paisas: ustedes allá, nosotros aquí). Y es viejo también, obvio, este contraargumento. Lo he escrito antes, y vengo a hacerlo de nuevo, porque es necesario hacerlo.
Porque no me parece honesto con nosotros mismos seguir barriendo debajo de la alfombra lo que consideramos que debe esconderse, negarse, callarse. ¿Quién, a estas alturas, podría negar la influencia del narcotráfico en la manera en que entendemos la economía? Plata es plata dijo el propio Federico Gutiérrez cuando fue candidato presidencial. ¿O en la estética o en las formas que usamos para hablar en esta tierra entre montañas? ¿Quién que tenga un poco de memoria podría desconocer el “experimento pacificador” de Urabá —que contó con la anuencia de la Brigada XVII— que luego se extendió por el territorio nacional?
Reconocer nuestros demonios no implica negar otros logros —individuales o colectivos— que han ido tejiendo lo que somos, aquello que hace que las personas que comparten el azar de haber nacido en un territorio geográfico, compartan alegrías y entusiasmos. Eso que denominan orgullo regional, que tiene tanto de bueno como de peligroso.
Pero negarlos solo sirve para dos cosas. Una: incapacitar la reflexión sobre esos fenómenos para evitar, en el mejor de los casos, repetirlos. O dos: instalar una narrativa que busque, por medio de la desinformación y la manipulación, la indignación por encima de la reflexión. Me parece que, en este caso, los que saben de revolver ríos optaron por la segunda.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/mario-duque/