¿Un Frente Nacional contra la izquierda?

Lo que con más fuerza se reprime, con más fuerza sale con otro rostro.

En su interés inmediato de parar a Cepeda “como sea” y “con quien sea”, la derecha de este país –apoyada ahora por algunos sectores de centro– combina todas las formas de lucha, en aras de alcanzar su propósito superior: aniquilar cualquier posibilidad de que la izquierda continúe o vuelva al poder en Colombia.

Una dosis de cuatro años, después de doscientos de derecha, les ha parecido excesiva, pese a que casi todos los fantasmas a los que les temían, se han ido esfumado: la expropiación de tierras, el cierre del Congreso, la reelección de Petro, entre muchos etcéteras. Se puso más en riesgo la democracia cuando se compró la aprobación de la reelección presidencial para 2006, que alteró, entre otros asuntos fundamentales, el equilibrio de poderes en Colombia.

Un ejemplo fresco del todo vale son las recientes declaraciones del expresidente Álvaro Uribe contra Iván Cepeda a quien acusa, sin aportar pruebas, de “querer matarlo físicamente” y de “instigar para que lo maten a él como lo hizo con Miguel Uribe”. Aunque todo parece indicar que efectivamente fueron las terribles disidencias de las Farc las que ordenaron este abominable hecho, los hostigamientos a Miguel provenían más del lado amigo que de Cepeda, como puede constatarse en las redes sociales de personajes de derecha como Vicky Dávila o María Fernanda Cabal.

Pero intuyo una estrategia más estructural y latente que pocos han advertido, y es la incubación de una especie de Frente Nacional entre sectores de derecha y algunos de centro, para cumplir su propósito de aniquilar políticamente y para siempre a la izquierda. No les bastaría la derrota militar de las guerrillas: es necesario exterminar cualquier tipo de oposición.

Una pista explícita la dio esta semana el propio Uribe en un trino en X: “Piden unidad Paloma-Abelardo. Nuestro deber es total respeto para construir condiciones. Piden unidad muchos ciudadanos que temen la continuidad de Petro y Cepeda que significa consolidación del poder narco terrorista… Continuidad perversa de Petro y Cepeda que significa remplazar la alianza público privada de la Constitución de 1991 por la imposición del estatismo…”.

Para un buen entendedor, pocas palabras: cerrar filas para acabar con lo que llaman la amenaza castrochavista, representada y encabezada, según ellos, por Petro y Cepeda. Pero no es solo Uribe, en muchos círculos políticos, empresariales y sociales de derecha y hasta de centro se comparte esta visión de crear un frente único contra Cepeda: es el objetivo y la consigna.

 
Más aún, aseguran que este gobierno y sus copartidarios son la causa de (casi) todos nuestros males; que están acabando con todo el progreso logrado en 200 años de gobiernos de derecha, de democracia. ¡Qué reduccionismo! ¡Cuánto cinismo!

La falta de autocrítica y perspectiva histórica se quiere compensar con una suerte de Frente Nacional –de facto, no formalizado– con sus coincidencias y diferencias en relación con el instaurado entre 1958 y 1974, a partir del Pacto de Sitges (1957), suscrito por Laureano Gómez y Alberto Lleras Camargo, máximos dirigentes de los partidos conservador y liberal.  

El propósito inicial del Frente era loable: poner término a la crisis política y social acumulada y acentuada por la dictadura –aunque otros le decían “dictablanda”– del General Gustavo Rojas Pinilla, que pretendía perpetuarse en el poder, con el beneplácito de las facciones más retardatarias de la época.

 
La solución formal fue una coalición para alternar la presidencia cada cuatro años, compartir el poder burocrático en las tres ramas del poder público. En síntesis, una democracia duopólica, cerrada, que al principio contó con el apoyo hasta del Partido Comunista, cuyos miembros hicieron parte del 96.4% de ciudadanos que votó por el plebiscito con el cual se ratificaron los convenios previos entre estos líderes políticos.

Si bien el Frente Nacional redujo a su mínima expresión la violencia bipartidista y las guerrillas liberales, poco se avanzó en la solución de los problemas sociales, políticos y económicos del país, que era una de las promesas mismo. La falta de soluciones de fondo contribuyó de manera significativa al florecer de las nuevas guerrillas, cuyos vestigios seguimos padeciendo hoy, pero ya degradados a grupos narcoterroristas, que es lo que realmente son hoy el ELN y las disidencias de las Farc.

La democracia en riesgo y los riesgos de la democracia

Como no reconocemos nuestra historia, seguimos condenados a repetirla. Sin autocrítica en la derecha, creemos que el problema es únicamente la izquierda y la solución es “destriparla” como lo dice Abelardo de la Espriella y lo comparten, aunque no lo digan de la misma manera, el Centro Democrático y su candidata Paloma Valencia, que ahora propios y hasta extraños maquillan de moderada, cuando es tanto o más “ultra” que Abelardo, como expondré en una próxima columna.     

La derecha tiene todas las de ganar, porque unida es mayoría en Colombia y cuenta ahora con el respaldo de los EE.UU. de Trump y de su acólito Marco Rubio. Pero en vez de aprovechar estas ventajas que serían suficientes para volver al poder, se ha centrado más en combatir al enemigo externo, que en construir un proyecto de país viable, no solo para los privilegiados de siempre, sino también para los eternos postergados.

El llamado permanente a la unidad de derechas y de centro contra la amenaza socialista de parte de las principales voces políticas, gremiales y empresariales del establecimiento desliza la idea de ese nuevo Frente Nacional para detener la izquierda, ahora la del Pacto Histórico, y mañana a la que sea.

Con pocos matices ideológicos en la derecha, los acuerdos no serían políticos sino burocráticos y el garante de su unidad sería el expresidente Uribe, capaz de alinear a casi toda la derecha del país, porque la diáspora de facciones no es por ideas, sino por intereses. Las diferencias internas serían por “mermelada”; sobre cómo y entre quiénes repartir puestos y contratos. Lo propio de una corrupción endémica, como la nuestra.   

Con un centro débil y estéril, sin ideología ni proyecto político propio, que se define más por lo que no es que por lo que es, y sin candidatos con el suficiente carácter y carisma a la vez para pelear por la presidencia, el único obstáculo que tiene la derecha para ser hegemónica es, efectivamente, la izquierda que han liderado Petro y Cepeda en los últimos años.

Más allá de los aciertos y desaciertos que han tenido, esta izquierda puede ser el último bastión de nuestra democracia. Un valor que le reconoció hasta Humberto de la Calle, uno de sus grandes críticos, en una columna reciente en El Espectador. En una de sus conclusiones, afirma: «En gran mirada, sin embargo, el cambio de Petro deja instalada una izquierda potente. Es otra Colombia».

Tiene razón De la Calle: por primera vez en nuestra historia tenemos una izquierda política con peso para hacerle contrapeso a los partidos hegemónicos, todos de derechas, cuyas ideas se han diluido en su interés burocrático. Una izquierda para visibilizar a los “nadies” y abanderarse de las causas ambientales y sociales, en procura de combatir la desigualdad, que ha sido la causa principal de casi todas nuestras guerras intestinas.

Mantener y fortalecer esta izquierda o cualquier otro contrapeso real al proyecto hegemónico de derechas es el reto democrático más grande que tiene el país en este siglo. Al contrario, exterminarla, como quieren muchos –tal vez una mayoría– es aniquilar la democracia misma y entrar en la senda de los totalitarismos, de Estado o de mercado, que traen siempre desenlaces fatales. 

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/pablo-munera/

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