La salud mental está en juego. Pareciera absurdo pensar en una sociedad sana sin tener en cuenta su mente: ciudadanos que piensan sanamente, son ciudadanos que logran anteponerse ante las situaciones adversas, logran concentrarse, logran trabajar, logran usar sus talentos y habilidades para servir a otros, y son de impacto en la sociedad.
Hace unos días se publicó un informe de salud mental mundial (Global Mind Health in 2025, de Sapien Labs), una iniciativa que desde 2019 ha medido a nivel mundial la salud mental de una buena muestra de la población. Los datos son desgarradores.
Aproximadamente el 41% de los jóvenes entre 18 y 34 años están sufriendo con retos de salud mental clínicamente diagnosticados; esto es casi la mitad de la población de esta edad, donde muchos se encuentran en la escala de angustiados, luchando o soportando la vida.
La situación se agravó agudamente luego de la pandemia. El confinamiento nos transformó a muchos; a algunos nos trastornó, nos hizo cuestionar la vida, la existencia, la seguridad, la forma de relacionarnos y, en muchos casos, el sentido mismo de vivir. Pero sobre todo, el confinamiento nos afectó, y muchos hoy aún no logran recuperarse.
El informe presenta a la generación Z como la principal afectada, y propone que mientras más joven se sea, mayor será la tasa de población afectada. Colombia es un país que entra dentro de la estadística, y es preocupante que más del 60% de los casos de enfermedades de salud mental suelen tener su aparición antes de los 24 años, en las etapas más críticas del desarrollo social.
¿Qué estamos haciendo? Sé que como sociedad tenemos algunas iniciativas colectivas para afrontar la situación, en especial con jóvenes en edad escolar; pero la pregunta va mucho más allá de eso. Como individuos, estoy segura de que conocemos al menos a alguien con alguna afectación de salud mental, o que podría tenerla.
No somos psicólogos, pero hay algo cierto: el relacionamiento ayuda. ¿Cuántos jóvenes de generaciones posteriores a la de nosotros conocemos que están solos? ¿Cuántos viven su vida tras las pantallas y el silencio de sus habitaciones? Deseando compañía, mentoreo, ánimo y muchas veces, ser simplemente escuchados y entendidos, en una sociedad con retos, que parece que nadie comprendiera, o por lo menos sólo ellos.
Pareciera que es un asunto meramente sanitario, pero permea nuestra economía mucho más de lo que imaginamos. Estamos viendo jóvenes sin motivación; solo por mostrar un ejemplo, la población nini (ni estudia, ni trabaja) ha sido tema de interés en los últimos años y ha venido haciéndose cada vez más relevante en la discusión pública.
Nuestra sociedad está construyendo el capital humano del futuro, y este está muy afectado, dolido y, sobre todo, en muchos casos, sin deseos de vivir. El informe presenta cuatro razones para este aumento sostenido, que parece no desvanecerse mientras más nos alejamos de la pandemia: relaciones familiares y círculos de apoyo rotos, menor espiritualidad y creencias, mayor conectividad y desde muy tempranas edades acceso a dispositivos móviles y exposición a internet, y alimentos ultraprocesados.
No solo los gastos en servicios de salud han aumentado, sino también los problemas derivados: menor productividad, menores ingresos, menor empleabilidad y permanencia, y sobre todo, menor bienestar, nuestro foco como economistas.
¿Qué vamos a hacer? No solo como sociedad en conjunto, sino como individuos, como hermanos, como primos, como tíos, como padres, como amigos, abuelos, compañeros, colegas y más; como seres que nos preocupamos por otros y no queremos ver a nuestros jóvenes perderse en el duro y solitario espiral del doloroso sufrimiento en salud mental. No así, no sin pelear, no ahora.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/carolina-arrieta/