El derecho al voto de las mujeres en Colombia no apareció de la nada. Fue una conquista. Las mujeres votaron por primera vez en 1957; hasta entonces, la mitad del país estuvo por fuera de las urnas no por falta de criterio o interés por lo público, sino porque la ley y la cultura así lo decidieron. Muchas mujeres tuvieron que insistir, argumentar y abrir camino para que hoy podamos participar plenamente en la democracia.
Por eso cada elección es también un acto de memoria. Hoy las mujeres representamos alrededor del 51 % del censo electoral colombiano. Somos la mayoría de quienes pueden decidir el rumbo político del país. Ese dato debería cambiar la conversación.
Votar no es solo marcar un tarjetón. Es informarse, revisar trayectorias, contrastar propuestas, preguntarse quiénes quieren gobernar y desde qué idea de país. Es tomarse en serio la responsabilidad de decidir.
Quizás también sea momento de convocar nuestros propios aquelarres contemporáneos: reuniones entre amigas, colegas, hermanas o vecinas para hablar de política sin miedo. Para leer programas de gobierno, discutir trayectorias, disentir. La democracia también se fortalece en esas conversaciones cotidianas.
En un país donde el debate público suele llenarse de agresiones y simplificaciones, las mujeres podemos exigir algo distinto: campañas que conozcan las realidades del país, que hablen con seriedad de los problemas y que propongan soluciones creativas y responsables.
No se trata de pensar igual. Las mujeres estamos en todas las ideologías y en todos los lugares sociales. Pero desde esa diversidad podemos defender algo fundamental: la democracia y los derechos para todas las personas.
El voto de las mujeres no es simbólico. Es decisivo.
Y si costó tanto conquistarlo, lo mínimo ahora es ejercerlo con conciencia, con información y con la convicción de que nuestra participación también puede empujar al país hacia una política más inteligente, más creativa y más democrática.
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