Apatía, clientelismo y otros asuntos en elecciones

La cuota inicial para ejercer ciudadanía es el voto. En Colombia estamos lejos de una participación amplia en las elecciones al congreso. Este domingo votaron 49 ciudadanos de cada 100 que podían hacerlo. De un censo electoral de 41,3 millones, votaron 20,3 millones de colombianos. 

Más que la cifra, las razones de fondo para la alta apatía son recurrentes y no hemos podido transformarlas a favor del desarrollo de una democracia más viva y fuerte.

Cada cuatro años para elecciones al congreso de la República veo las mismas imágenes que desgastan y desbordan. La saturación de la publicidad en calles, aceras, medios de comunicación y ahora con más fuerza en las redes sociales que nos exponen un rostro, un nombre, un número y quizás un eslogan general, al estilo de: “por la niñez” “por los animalitos” “ciudades sostenibles” “orden y justicia”, cualquier idea que acerque los candidatos al elector de forma rápida, es el camino más replicado.

No obstante, para la mayoría de los ciudadanos, ese nombre, ese rostro es un completo desconocido y la frase, más que una invitación a conocer un poco más es una estrategia de marketing vacía. Así las cosas, esta forma de relacionamiento entre el político y el ciudadano no está fundada en el conocimiento o como mínimo el reconocimiento, sino más bien que es una especie de propaganda distante y esporádica.  

En fondo de esta forma de llegar a la gente cada cuatro años es el síntoma de un debilitamiento de los partidos políticos. En muchas encuestas de percepción que consultan por la confianza en organizaciones e instituciones, los partidos políticos aparecen en los últimos lugares. Una razón de este fenómeno es que la ciudadanía no interactúa directamente con los políticos, sino que solo recibe información por medio de noticias, frecuentemente asociadas a corrupción, manipulación, mentiras o disputas. Los partidos están omitiendo un deber fundamental que es el de la formación política y el acercamiento de bases ciudadanas para debatir ideas, acordarlas y esparcirlas. Este es el deber ser de los partidos.

No obstante, la historia en Colombia nos muestra cada vez con mayor fuerza que las relaciones que establecen los partidos con la ciudadanía son en su mayoría del tipo clientelar. Los políticos usan las capacidades y recursos del propio Estado para “prometer” puestos, contratos, decisiones u omisiones a los ciudadanos, organizaciones y empresas que entreguen recursos y votos para las campañas a su favor. Es por esto, que en cada elección se repiten nombres de congresistas electos que más que méritos por su labor destacada en el congreso, han sabido construir una base clientelar que los sostiene allí.      

Quienes no hacen parte de esa base clientelar, votan por otras razones que en pocos casos tienen que ver con un conocimiento de los ideales- tan perdidos y escasos-que enarbolan los partidos. Así las cosas, hay mucho de opinión, mucho de ideología sin reflexión. De forma positiva, también hay quienes votan por convicción, por considerarlo un derecho, pero también un deber ciudadano y se informan lo más que pueden para ejercerlo, aunque creo que este último grupo es más bien minoritario. 

Y los que no votan lo hacen por una gran apatía y/o decepción hacia el sistema político y el funcionamiento de nuestra democracia. De acuerdo con la última medición del Índice de Democracia de The Economist, Colombia en 2024 ocupó el puesto 60 entre 167 países con una puntuación de 6,35/10, lo cual nos clasifica como una “democracia defectuosa”. Entre los ítems evaluados el más débil es el de la cultura política con una calificación de 3,13/10. Allí están aspectos señalados atrás como la apatía, y la percepción de una democracia débil, pero también se suman aspectos como el individualismo y la falta de solidaridad. Sobre este último, es notorio que cuando se consulta a muchas personas por su intención de voto, manifiestan no votar porque los políticos “no dan nada a cambio” en una suerte de visión transaccional muy al estilo del clientelismo, o porque prometen mucho y no cumplen nada o casi nada, lo que se relaciona directamente con otro de los aspectos con menor evaluación de nuestra democracia que es la eficacia de los gobiernos. 

Así las cosas, entre tanta discusión sobre las nuevas coaliciones de cara a las elecciones presidenciales, no podemos perder de vista que aún tenemos unos problemas estructurales no resueltos en cuanto al funcionamiento de nuestra democracia que no podemos dejar estacionados para cada cuatro años volver a evidenciarlos, pero sin haber actuado para cambiar esa realidad que debilita cada vez más nuestra democracia.

De acuerdo con el informe de The Economist, Colombia está en riesgo de pasar de ser una democracia defectuosa a un sistema híbrido, lo que significa una mayor debilidad institucional, un peor funcionamiento democrático con una fuerte influencia de autoritarismo, restricción de libertades y  derechos civiles y la corrupción y la impunidad más generalizadas.

Lo peor que nos puede pasar es que además de repetir patrones que debilitan la democracia, tengamos unos nuevos elementos de deterioro y terminemos padeciendo lo que describe el informe mencionado. Es un deber ciudadano pero también de organizaciones de diversa naturaleza promover de forma constante una formación política robusta y una participación democrática que promueva mejores y más efectivos gobiernos. 

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/piedad-restrepo/

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