Si algo arrojan los resultados de las elecciones es que el cielo colombiano, como el del mundo, está partido. No hay un ganador. Cada quien tomó un pedazo del cielo. Algunos afirman que de sus nubes cae agua mineral, otros dicen que cae agua natural.
El psicoanalista y filósofo Slavoj Žižek plantea que “nuestras divisiones y luchas «terrenales», en última instancia, siempre tienen lugar en un «cielo partido», es decir, en una división mucho más radical y exclusiva del propio universo (simbólico) que habitamos”.
Cada uno ve una forma diferente en la misma nube.
Lo que explica esa división del cielo, dice Žižek, es el lenguaje. El lenguaje es el medio que sustenta la forma en la que experimentamos la realidad y, en esa medida, nos permite habitar cielos diferentes. Esto tiene sentido en Colombia si se utiliza, por ejemplo, la palabra Paz.
Nadie se atrevería a decir que no quiere una Colombia en Paz (así como todos vemos la misma nube). Para algunos, la Paz va ligada estrictamente a la seguridad, a la no impunidad, al Ministerio de Defensa. Para otras, va ligada a la equidad, a la distribución de la tierra, al Ministerio de Justicia. La palabra, en sí, es la misma, no su significado.
La política, entonces, nos entrega un paquete de significados para las mismas palabras. Pero es más fácil decir que unos son paracos y otros guerrillos porque nos permite fijar la división de manera tajante. Nos permite olvidar que usamos las mismas palabras. Nos lleva a dibujar una línea estricta que facilita separar el “bien” y el “mal”. Como si olvidáramos que ambos habitan el mismo árbol desde los inmemoriales tiempos de Eva y Adán.
Esta división afecta especialmente a los partidos del centro. El centro actúa como punto de encuentro, como un lugar compartido. Sin embargo, cuando el lenguaje alimenta universos simbólicos tan cerrados, tan distantes, quienquiera que se arriesgue a navegar entre ambos o a encontrar lazos entre los diferentes significados recibe el nombre de tibio, traidor, torcido, porque su lenguaje es incomprensible. El lenguaje que propone puntos comunes, compromiso y acuerdos parece estar entrando en desuso.
¿Será posible encontrar un lenguaje compartido? Žižek explica que ninguna fórmula universal puede dar una respuesta: “hay momentos en los que se necesita brindar apoyo pragmático a medidas progresistas modestas; hay momentos en los que una confrontación radical es el único camino; y hay momentos en los que un silencio que mueve a la reflexión dice más que mil palabras”.
El panorama es inquietante, no porque el centro no sea el favorito a ganar en las elecciones, sino porque el centro, entendido como la posibilidad de un lenguaje común, parece destinado a sucumbir. Ya no tiene un pedazo del cielo porque se esforzó en recordarnos que compartimos el mismo. Nadie entendió lo que quería decir.