Las elecciones siempre dejan emociones mezcladas. Hay entusiasmo por algunos resultados, frustración por otros y una sensación inevitable de incertidumbre sobre el rumbo que tomará el país.
Este domingo no fue la excepción.
Está la frustración inevitable: la de ver candidatos valiosos que uno quisiera ver representando al país y que no lograron llegar. Y está también esa otra sensación incómoda de ver llegar a muchos que no representan en absoluto lo que uno cree que necesita Colombia. A veces pareciera que la política nacional sigue atrapada en un círculo donde los partidos tradicionales administran el poder como si fuera propio, manejando recursos públicos para beneficios privados y sacrificando el interés colectivo.
Pero incluso en medio de esa sensación agria hubo algo que me dejó una enorme satisfacción y un inesperado orgullo: el resultado de Juan Daniel Oviedo en su consulta.
Desde que lo conozco, me atrevo a decir que es uno de los líderes que más me inspiran en el país. Juan Daniel representa algo poco común en nuestra política: una mezcla de cercanía humana con rigor técnico. Es una persona cercana, respetuosa y profundamente pedagógica, pero también es un hombre de números, de datos y de argumentos.
Durante la pandemia lo recuerdo hablando de salud mental, poniendo sobre la mesa un tema que en Colombia sigue siendo casi un tabú. En medio de la incertidumbre colectiva, tuvo la capacidad de reconocer algo profundamente humano: que detrás de las cifras también hay emociones, angustias y fragilidades.
Al mismo tiempo, siempre ha tenido una manera muy didáctica de explicar números complejos. Lograba que estadísticas, indicadores económicos y cifras demográficas —que para muchos pueden ser áridas o difíciles— se convirtieran en herramientas para entender mejor el país.
Hace un par de años me lo encontré en Bogotá. Él estaba sentado en una mesa de un restaurante y yo iba caminando cuando lo reconocí. Con total espontaneidad le grité: “¡Juan Daniel, te amo!”. Él respondió desde su mesa enviando besos con una sonrisa enorme. Fue un gesto pequeño, pero muy coherente con lo que siempre ha proyectado: una persona cercana, genuina y sin pretensiones.
Y luego vino su campaña.
Una campaña limpia, juvenil y austera. Caminando por las ciudades, hablando con la gente, sin una sola valla publicitaria. Sin grandes maquinarias. Sin estridencias.
Coherencia pura.
Siempre activo, siempre positivo, siempre dando más del 100 %. Incluso cuando las críticas que recibía ni siquiera eran argumentativas, sino personales: comentarios sobre su voz, su apariencia o su orientación sexual. En lugar de responder desde el enojo, respondía con humor, con inteligencia o con una reflexión tranquila. Una y otra vez demostrando que no estaba dispuesto a entrar en el juego de la agresión.
Por eso lo que pasó el domingo tiene algo de historia improbable.
En un país donde tantas veces parece triunfar el vivo, el que hace trampa, el que rompe las reglas, el que pasa por encima del otro, ver este resultado resulta casi desconcertante.
No solo quedó de segundo.
No es una derrota.
Es un fenómeno.
Más de un millón de personas votaron por él. Su votación no solo superó la participación completa de otras consultas presidenciales realizadas ese mismo día, sino que también estuvo por encima de la que obtuvieron varios candidatos en las consultas presidenciales de 2022, incluidos dirigentes con estructuras políticas consolidadas como Francia Márquez, Sergio Fajardo, Alejandro Char y David Barguil. Para un candidato sin una maquinaria política tradicional, es un resultado que difícilmente puede ignorarse.
Quiero creer que esos votos son la respuesta de una parte del país que está cansada de los estigmas y de la discriminación. De un país que empieza a valorar más el fondo que la forma. De ciudadanos que prefieren a alguien que explique, que argumente y que invite a entender los problemas complejos en lugar de simplificarlos con consignas.
Quiero creer que también es una respuesta contra el bullying, contra la violencia en el debate público, contra la idea de que la política solo puede hacerse desde la rabia o la confrontación.
Juan Daniel, por el contrario, ha demostrado que se puede hacer política desde otro lugar: desde el respeto, desde la inteligencia y desde la serenidad.
Nunca se le ha visto responder con ira. Siempre logra darle la vuelta a la provocación. Entiende que hay personas que buscan generar reacción y responde con una broma, una reflexión o una sonrisa.
Eso, en la política colombiana, es profundamente admirable.
Por eso espero que lo que dejó esta consulta no sea solo un resultado electoral, sino el comienzo de algo más grande: que estos liderazgos sigan construyendo puentes, reconociendo coincidencias y encontrando espacios comunes.
Porque si algo necesita Colombia en este momento es justamente eso: dirigentes capaces de conversar entre sí, de reconocer que comparten valores fundamentales y de entender que el país está cansado de la política de trincheras.
En medio del ruido y la polarización, hay liderazgos que han demostrado rigor técnico, respeto institucional y una manera distinta de hacer política: sin estridencias, sin insultos, sin simplificaciones fáciles.
Sería una lástima que esas voces caminen cada una por su lado.
Cuando quienes creen en las instituciones, en la moderación y en los argumentos se fragmentan, el debate público termina dominado por quienes prefieren reducirlo todo a consignas, rabia y confrontación.
Quizás el domingo no fue el resultado que muchos queríamos.
Pero sí dejó una señal.
Y a veces, en política, una señal de esperanza puede ser suficiente para volver a creer.
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