Faltan pocos días para la jornada electoral en la que se elegirá Senado y Cámara, y en la que las coaliciones definirán su candidato único para las presidenciales de mayo. En teoría, el país debería estar discutiendo modelos económicos, reformas sociales y enfoques de seguridad. En la práctica, la conversación pública ha tomado un atajo peligroso: degradar para simplificar. El debate ya no gira en torno al contraste de propuestas, sino a la imposición de imágenes que despojan al adversario de su nombre y lo reducen a una condición animal cargada de desprecio. No es un exceso aislado; es una forma de eliminación simbólica del otro en plena contienda democrática.
La escena es visible en la calle. En la estación San Javier del metro, un candidato —alineado con las propuestas del gobierno Petro— hablaba de liberar a Antioquia de políticos que actúan como bestias. A su alrededor, jóvenes vestían camisetas con la figura de una mula y la consigna “no sea uribestia”. Horas después, junto al centro administrativo La Alpujarra, otro aspirante, con megáfono en mano, proclamaba: “acabaremos con todas las ratas terroristas”. Sus acompañantes exhibían pancartas con una rata y el rostro del candidato presidencial Iván Cépeda. Cambia el bando; no cambia el recurso. En ambos casos, el adversario deja de ser un contradictor para convertirse en plaga.
Si se amplía el foco, la ciudad parece un zoológico político. El jaguar de la izquierda, con el que se representa a Gustavo Petro, compite simbólicamente con el tigre de la derecha, asociado a Abelardo de la Espriella. En otros registros circulan la paloma y los “delfines”, figuras que remiten a herencias políticas y a la cercanía con caciques electorales. Animales convertidos en emblemas sustituyen argumentos en camisetas, pasacalles y redes sociales.
La caricatura, es cierto, ha utilizado históricamente la sátira para denunciar abusos; durante el Proceso 8000, el elefante simbolizó el escándalo que rodeó al gobierno de Samper. La alegoría puede ser una herramienta crítica. Lo inquietante es su deriva actual: cuando deja de señalar el poder y se convierte en mecanismo sistemático de degradación del adversario.
Llamar “rata” o “bestia” a un candidato no es una metáfora inocente. Es asociarlo con suciedad, traición, eliminación. Es desplazarlo del terreno de la discusión al de la repulsión. Ese movimiento moldea la percepción pública y reduce el espacio de deliberación democrática. Si el otro es una plaga, discutir con él pierde sentido; lo que se insinúa es erradicarlo.
En este escenario, los medios de comunicación —públicos y privados— no pueden asumirse como vitrinas neutrales. Al reproducir sin contexto estas imágenes y convertirlas en titulares o clips virales, contribuyen a normalizar el insulto como si fuera un argumento. La lógica del clic y del rating premia la descalificación gráfica por encima del análisis documentado. Una pancarta ofensiva genera tráfico inmediato; un examen comparado de planes de gobierno exige tiempo y atención. Con mucha frecuencia, la balanza se inclina hacia lo primero.
La repetición genera hábito. Cuando la degradación aparece una y otra vez en pantallas y portales, deja de percibirse como exceso y se convierte en paisaje. El lenguaje se empobrece sin provocar alarma. Lo que comenzó como provocación termina instalado como código compartido, y la frontera entre crítica legítima y deshumanización se vuelve borrosa.
Mientras tanto, el debate estructural se desplaza. Se habla poco de las presiones que operan en ciertos territorios: empresarios que recomiendan “votar bien” en contextos de dependencia laboral; actores armados que envían mensajes sobre lo que conviene marcar en el tarjetón; intereses minero-energéticos, palmeros o bananeros que inciden en dinámicas locales. Ese entramado —económico y territorial— configura un bloque social dominante con capacidad real de influir en la decisión electoral. Sin embargo, rara vez ocupa la portada de periódicos.
La pregunta no es qué animal representa mejor a tal o cual candidato. Es por qué aceptamos que esa sea la conversación dominante a días de decidir quiénes legislarán y gobernarán durante el próximo cuatrienio.
En unos días cada ciudadano marcará su opción en el tarjetón. Ese acto no puede estar guiado por la rabia ni por la consigna más ruidosa. Votar exige información, contraste real de propuestas y conciencia de las fuerzas —visibles e invisibles— que condicionan la decisión. La jornada electoral merece altura, no por los candidatos, sino por los ciudadanos: cuando el lenguaje se degrada y la deshumanización se vuelve costumbre, se deteriora nuestra capacidad de pensar con rigor y decidir con libertad. Si aceptamos esa lógica, la selva política dejará de ser una metáfora: no habrá debate, habrá depredadores, y nosotros seremos las presas más fáciles.
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