La pregunta del título es retórica, apta para identificar dogmáticos. Si la respuesta es negativa, probablemente usted sería uno de ellos, porque aun en sistemas perversos y adversos, hay espacios para prácticas virtuosas. No hay nada tan malo que no tenga nada que rescatar, ni nada tan bueno que no tenga algo que mejorar.
Hablamos, obviamente, en abstracto y en condicional –trabajaría–. Partimos de una premisa básica: que ese presidente o dirigente, así él sea perverso, no le pediría a usted nada antiético ni insensato y que usted tiene la competencia para el cargo.
Dadas estas condiciones, ¿por qué no hacerlo? Probablemente es porque su ideología está plagada de estereotipos y prejuicios. De simplificaciones y generalizaciones que le impiden ver matices y cambios, en los otros y hasta en usted mismo. De juicios que preceden a la experiencia o la suplantan, y que luego admite como evidencia en detrimento de la deliberación y la demostración
En suma, por dogmático, inflexible e intransigente. Si es de izquierda, todo le debe oler a Uribe, y, si es de derecha, todo lo debe saber a Petro. Y, muy posiblemente, así vota y votará hoy para congreso y en las consultas primarias para presidente. Lo hará por los mismos y con las mismas de siempre. No se atreverá ni a mirar las listas de candidatos de su oposición: representan el mal y los suyos el bien.
No se ha percatado de que el gobierno, que en las democracias modernas es el poder ejecutivo, es mucho más que el presidente y de que el Estado es mayor que el gobierno: incluye también a los poderes legislativo y judicial, entre otros menos estandarizados, como los medios de comunicación.
Eso sí, paradójicamente, debe ser de los que se ufana de no tener ideología y se considera todo un demócrata, al tiempo que critica la polarización. Una contradicción ambulante. Le gusta el cambio, pero el de los otros, no el suyo.
Por fortuna, siempre hay excepciones, honrosas, a la regla. Una de ellas, Gonzalo Sánchez Gómez, discípulo avanzado de Orlando Fals Borda, que fue un ícono de la izquierda política y académica colombiana. Sánchez le aceptó en 2007 al entonces presidente Álvaro Uribe Vélez la dirección del Grupo de Memoria Histórica, que fue el germen del Centro Nacional de Memoria Histórica, creado en 2011, y del cual Sánchez fue también su primer director.
Cuando lo cuestionaban por haberle aceptado el cargo a un presidente que está en sus antípodas ideológicas, argumentaba que había puesto unas condiciones y Uribe se las había concedido y respetado. ¡Bien, como debe ser, por ambos! Un presidente, aparentemente adverso a la memoria del conflicto –o cuando menos selectivo frente a ella– ponía al frente de tan loable misión a una persona ideológicamente opuesta y obsesionado por el detalle del conflicto. Ganaron las víctimas y con ellas el país entero. Un ejemplo a seguir.
¿Por qué si en lo privado aceptamos tantos jefes insoportables e incompatibles con nosotros, en lo público somos tan intolerantes y tan recalcitrantes? Entre las muchas causas, encuentro una lamentablemente arraigada: no estamos preparados para el disenso, de modo que podamos tramitar adecuadamente nuestros desencuentros.
Hacemos de casi todas las diferencias un conflicto, cuando no una guerra, y convertimos a nuestros contradictores en enemigos, con una ligereza impresionante. Para eso, como lo planteaba el emérito antropólogo Clifford Geertz, hay que preocuparse más por el refinamiento del disenso que por el perfeccionamiento del consenso.
Así que la próxima vez que alguien le pregunte si trabajaría con cualquier presidente, piénselo dos veces. No deje que la política se le convierta en religión ni subordine la ética a la ideología. Si puede contribuir a que el círculo sea virtuoso, ¿para qué dejar que se perpetúe como vicioso? El cura puede ser malo, pero la misa puede ser buena.
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