Para escuchar leyendo: Malena, Lucio Demare.
Bailaban tangos entre sus bohemias de juventud, declamaban a los piedracielistaslo mismo que al Indio Rómulo o a Rilke, citaban a Rimbaud, Voltaire, Baudelaire, Shakespeare, al Libertador y hasta al Evangelio. Discutían la filosofía de Heidegger, de Santo Tomás, de San Agustín. Admiraban las obras de Miguel Ángel, de Cézanne, de Monet. Sus discursos, antes que búsqueda de titulares, eran piezas literarias. Debían saber algo de teología, de arte, de sociología, de economía, de derecho, de administración, de guerra. Eran empresarios, periodistas, intelectuales y hasta exseminaristas.
Eran, a nuestros ojos contemporáneos, una parranda de aburridores.
Llegar a la política era un camino largo, asfixiante. La Presidencia no era un golpe de suerte, no era cuestión de vistas o likes, sino el “premio” a una vida y obra, era la consecuencia de una vida dedicada a la polis, a lo público, a la lucha fogosa de las ideas.
Porque era un mundo excluyente, de ventanas pequeñísimas por las que apenas entraba la luz del escrutinio público, pero que demandaba en cada acto, incluso en el más pequeño, la magnanimidad de quien se sabe representante del destino de una República.
Y nos cansamos de esa exclusión, y en cada década íbamos abriendo las puertas de un sistema político bipartidista, uno que no se entendía allende nuestras fronteras -porque ¿cómo explica usted que aquí haya nacido una guerrilla para defender la elección de un dictador? -. Y Colombia se fue abriendo paso a tumbos bregando por ser una Nación a pesar de sí misma, y escribimos una Constitución garantista, y la promulgamos para ser nuestro faro hacia el siglo XXI, para dejar atrás tanta catástrofe y lucha fratricida.
Pero nadie cuidó esa puerta abierta, nadie se preocupó por formar bien a la ciudadanía para una discusión profunda sobre el mismo modelo de país que debíamos seguir. Y entonces a la política llegó gente que nunca había tenido la oportunidad de hablar, pero también una marea de personajillos oscuros que la convirtieron en espectáculo.
Y las redes se encendieron, el like y las vistas se convirtieron en jueces y medidores. De repente para liderar a Colombia no se necesitaba un estadista ni un experto en solucionar problemas, sino alguien que emocione, alguien que sea capaz de enamorar, de seducir. Ahora cada elección parece un concurso de simpatía; más aún, se parece cada vez más a un reality show de esos de lágrima fácil y pelea constante.
Pasado mañana volveremos a las urnas, y cuando se ve el panorama de los candidatos uno quisiera ver más de esos liderazgos aburridores, esos que le daban sentido de dignidad y altura a la discusión pública, esos que obligaban a estudiar, a entender, a profundizar ¡carajo, a proponer!
No es una romantización del pasado, es un reconocimiento de una exigencia intelectual y ética de mayor calado para liderar un país, para así, por fin, construir una Nación.
¡Ánimo!
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