El próximo domingo vamos a votar a Senado y Cámara de Representantes. Suele verse por quienes ven en el plato principal la presidencial, como una elección secundaria. No obstante es la elección más importante de cada cuatro años. El Congreso de la República es el real y más efectivo freno y contrapeso al poder ejecutivo. Por él no solo pasa el trámite de las leyes, la gestión de proyectos de desarrollo local y nacional; entre sus funciones se encuentra la de hacer control político, aprobar presupuesto, Plan Nacional de Desarrollo, elegir los magistrados de la Corte Constitucional, al procurador, al contralor y acusar y juzgar políticamente al presidente. Tarea no menor, a veces mal ponderada, reputacionalmente castigada, pero bien hecha —a conciencia, con rigor y decencia— es noble y necesaria para la estabilidad de nuestra democracia.
Hoy en este envío vengo a cantarles mi voto a la Cámara de Representantes por Antioquia, porque el de Senado, me temo, se dará ese mismo día en la urna entre dos opciones por las que aún no me decanto. Pero bien claro sí tengo, hace ya muchos meses —años diría—, a quién aspiro a que me represente en el Congreso.
La primera vez que supe de Fede fue cuando estaba en su primer paso por la Cámara. Tenía yo 14 o 15 años, afiebrado por la política, apoyando activamente el plebiscito por la paz, lleno de bríos frente a quienes no lo hacían. Y apareció él: un representante con cara de pelaito —de esos que uno cree que todavía están estrenando cédula—, pero con el fondo de un político experimentado, de un pensador agudo. Me serenó. Me ayudó a entender que al otro lado también había opiniones razonables. En secreto se ganó mi respeto y mi admiración.
Años después, hace un par de hecho, buscando un ponente para un evento de la universidad lo contacté. No me equivoqué. Su discurso sobre liderazgo fue solemne: desde el primer segundo cautivó el auditorio con esa cualidad que quienes lo conocemos sabemos que tiene, la de inspirar. Desde ese momento seguimos conversando, animándolo a que le devolviera a la política su rigor y su altura, después de años en el sector privado. Me alegró saber que tuvo la valentía de volver a intentarlo y lo he visto en la calle emocionado, llevando su mensaje a los antioqueños.
Fede, antes que buen político, es buen ser humano, buen ciudadano y, aunque venimos de lugares distintos y tenemos a veces ideas diferentes sobre la forma de ver y aprehender el mundo, lo estimo y lo admiro. Tiene escasas en la política de hoy: fondo, audacia, carácter, transparencia. Y, sobre todo, algo todavía más raro: independencia de criterio. No es hombre de consignas fáciles ni de obediencias ciegas. Puede disentir sin destruir, discutir sin humillar, defender sus ideas sin convertir al contradictor en un enemigo moral.
Por eso mi voto es por él. No porque crea que es infalible, sino porque confío en su integridad. En tiempos donde la política se volvió espectáculo o trinchera, necesitamos representantes que entiendan que el Congreso no es un escenario para la vanidad sino un lugar para la responsabilidad histórica.
Federico Hoyos Salazar — Centro Democrático — 104.
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