El denominador común de las encuestas

Las matemáticas tienen una virtud incómoda: no opinan, no militan y no se indignan. Simplemente muestran resultados. Cuando los números coinciden una y otra vez, el margen para la especulación se reduce y la narrativa empieza a estrellarse contra la evidencia.

Por ejemplo, durante la Guerra Fría, la Teoría de Juegos permitió modelar algo tan irracional como el miedo nuclear y demostró que incluso el instinto de supervivencia podía traducirse en probabilidades. Hoy, salvando las proporciones históricas, algo similar ocurre con las elecciones en el mundo: las encuestas no predicen el futuro con exactitud quirúrgica, pero cuando convergen en un mismo patrón dejan de ser fotografías aisladas para convertirse en tendencia.

Y ahí es donde aparece el común denominador.

No importa la firma encuestadora.

No importa el margen de error.

No importa el escenario que se simule.

Cuando se proyecta una segunda vuelta entre Abelardo De La Espriella e Iván Cepeda, el resultado es el mismo: De La Espriella pierde y ese es el dato estructural, lo demás es humo. El error habitual en política es mirar quién lidera hoy la primera vuelta y asumir que eso define la elección. Pero en sistemas de balotaje la verdadera variable no es la intensidad del apoyo, sino la magnitud del rechazo. La segunda vuelta no la gana necesariamente el que más entusiasma; la pierde el que más resistencia genera.

Ahí está el común denominador de todas las mediciones: no se trata de quién tiene un piso más alto, sino de quién tiene un techo más bajo. Y cuando el techo electoral es limitado por niveles de rechazo superiores al promedio, la aritmética política se vuelve implacable.

La propaganda puede intentar alterar percepciones. El ruido digital puede aumentar los sesgos de confirmación. El entusiasmo de nicho puede crear burbujas de euforia. Pero si todas las simulaciones conducen al mismo desenlace, no estamos ante un accidente estadístico sino ante un patrón. Las campañas suelen obsesionarse con crecer en intención de voto. Pocas entienden que, en segunda vuelta, el verdadero campo de batalla es la aceptabilidad. Se trata de sumar, y sobre todo, de no espantar.

Por eso el común denominador de las encuestas no es un nombre propio, sino una regla: quien polariza más de lo que puede sumar termina cohesionando a sus contradictores. Cuando todas las simulaciones apuntan al mismo desenlace, ya no hablamos de coyuntura sino de estructura. No es la potencia de Iván Cepeda lo que explica ese escenario, sino la dificultad de Abelardo De La Espriella para ampliar su base más allá de su núcleo duro.

La discusión, entonces, no debería concentrarse en quién encabeza la primera vuelta, sino en quién tiene margen real de crecimiento para la segunda. Si la derecha y el centro político no construyen una candidatura competitiva y de vocación mayoritaria de cara a las consultas del 8 de marzo, el escenario quedará trazado con anticipación.

Porque si el abogado de las mafias y el candidato del oficialismo son quienes avancen el 31 de mayo, ese mismo día quedará prácticamente definido el desenlace del 21 de junio. La segunda vuelta no se decidiría por entusiasmo, sino por rechazo. Y cuando el rechazo tiene techo estadístico, la política deja de ser expectativa y se convierte en aritmética.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-carlos-bolivar/

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