El problema no son ellas. No solamente

Hace unos días, una influencer fue expulsada de un reality por sus comentarios racistas. Esta semana, otra influencer, sin sonrojarse, proclamó en sus redes que las mujeres le debemos “sumisión” al hombre, así como —según su interpretación— los hombres le deben sumisión a Jesús. Otra vez la indignación, la tendencia, el linchamiento digital, las disculpas tibias. Otra vez el espectáculo.

Estoy de acuerdo con lo que ya se ha dicho: que monetizan el escándalo, que juegan con discursos de odio para mantenerse vigentes, que disfrazan el racismo y el machismo con palabras suaves, con supuestas convicciones religiosas, con una narrativa de “libertad de opinión”. Y, cuando las enfrentan, no reflexionan: se justifican. No escuchan: se victimizan. No rectifican: reformulan el mismo prejuicio con un envoltorio más elegante.

Pero el problema no son ellas. No solamente…

El problema es el ecosistema que las produce, las amplifica y las premia. El problema es la audiencia que convierte la ignorancia en tendencia y la violencia simbólica en contenido consumible. El problema es la ausencia de criterio al decidir a quién seguimos, a quién compartimos, a quién le damos autoridad moral para opinar sobre la vida, la dignidad y los derechos de otros.

¿Cuándo empezamos a creer que la fama es equivalente a la lucidez? Que alguien tenga millones de seguidores no significa que tenga millones de ideas valiosas. Que alguien facture cifras obscenas no convierte sus prejuicios en argumentos. Sin embargo, seguimos otorgando legitimidad como si el algoritmo fuera una instancia ética.

Tal vez el asunto no sea el argumento. Tal vez, en medio de tanta frivolidad, lo que se consume no es la idea, sino el personaje. Son el clasismo disfrazado de “estándares”; el racismo maquillado de “sinceridad”; el machismo reciclado en “valores tradicionales”. Hay un aspiracionalismo que seduce: la fantasía de pertenecer al mundo de quien tiene fama, dinero y reflectores. Y en ese deseo de cercanía simbólica, muchos terminan defendiendo lo indefendible.

Porque no se trata solo de influencers diciendo barbaridades. Se trata de miles de personas comentando “por fin alguien lo dice”, compartiendo, riendo, validando. Personas que consumen esos discursos como si fueran brújulas. Se trata de una cultura digital que convierte la provocación en estrategia y la polémica en modelo de negocio.

Las dos protagonistas de estas semanas pasarán. Serán reemplazadas por otros, con nuevas frases escandalosas y nuevas disculpas ensayadas. El ciclo continuará mientras sigamos confundiendo influencia con autoridad y popularidad con verdad.

Por ejemplo, para el final de esta semana ya tenemos una serie de influencers que están monetizando sus redes de cuenta de la tragedia en el departamento de Córdoba: no es solidaridad, es la más ruin transacción por visibilidad y dinero.

Tal vez la pregunta incómoda no es qué tan ignorantes son ellas, sino qué tan cómodos estamos nosotros con esa ignorancia. Qué tan dispuestos estamos a cuestionar a quienes seguimos. Qué tan exigentes somos con los discursos que amplificamos.

Porque seguir a alguien es un acto político, aunque lo disfracemos de entretenimiento. Cada clic es un voto. Cada reproducción, una validación. Y mientras el aplauso siga siendo más rentable que la reflexión, siempre habrá quien esté dispuesto a vender prejuicios envueltos en filtros y frases motivacionales.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/maria-antonia-rincon/

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