En la madrugada del cinco de febrero soñé que visitaba una suerte de mansión en las afueras de Bucaramanga. Altos ventanales con finas cortinas detrás de las que se veían inmensos árboles le daban a la casa un aire de fantasía. Sabía que debía regresar a Bogotá, pero desconocidos personajes que habitaban allí me insistían en que me quedara. “Esta noche saldrá la luna naranja”, me decían. Pensaba que no podría perderme semejante fenómeno y que, realmente, podría quedarme.
Sabía, también, que en el sótano de la casa habitaba una fantasma. Se trataba de una mujer joven, diría que una adolescente. Decidí bajar al sótano. Lo encontré tétrico, oscuro, sucio. Pedí que fuera remodelado y la transformación fue inmediata. El lugar era ahora acogedor e iluminado. Procedí a bañarme en una ducha que estaba recién instalada y, mientras lo hacía, me volteé y encontré a la fantasma con su mirada fija en mí. Tenía un rostro que oscilaba entre la tristeza, el pesar y el agradecimiento por la remodelación.
No me daba miedo.
Regresé al primer piso de la casa, sabiendo que la fantasma estaba tranquila. Aunque, por algún motivo, sabía que era probable que a las tres de la mañana se levantara furiosa y comenzara a gritar. Me desperté asustado. Revisé la hora: eran las tres de la mañana.
Me daba miedo.
Cualquiera se aventaría a sugerirme criterios basados en las ya conocidas teorías de interpretación de Freud o de Jung. Se animarían, incluso, a recomendarme acudir a Chat GPT para que me ayude a entender el sueño, a descifrar su contenido.
Freud, quizás, vería una suerte de deseo reprimido en la mujer del sótano. La posibilidad de su grito a las tres de la mañana y el miedo consecuente que me produce podrían ser síntomas de un deseo o hasta un trauma no procesado. “Háblame de la relación con tu mamá”, “¿cómo es tu vida de pareja?”, “¿estás saliendo con alguien?”, me preguntaría un analista de esta corriente con una urgencia alarmante por encontrar significado fuera del sueño.
Jung, por su parte, resaltaría la aparición del sótano. Hablaría del sótano como refugio del inconsciente. Luego se enfocaría en la mujer fantasma y seguramente encontraría en ella una típica representación de su teoría sobre el animao una representación del arquetipo de la madre. Me diría, seguramente, que mi sueño da cuenta de un esfuerzo por reconciliarme con mi anima, esto es, las cualidades femeninas, entendidas por abarcar el cuidado, la naturaleza, la creatividad… “¿Cómo se veía la fantasma?”, “¿a qué te dedicas?”, “¿qué crees que te pide la fantasma?”, preguntaría una analista jungiana.
Sin embargo, me rehúso a buscar una interpretación. Me limito a escribir mi sueño en un cuaderno destinado para ello y a disfrutarlo tal cual. Obsérvalo, sentirlo, odiarlo, amarlo, asustarme, quedarme perplejo…
La interpretación de los sueños tiene una capacidad aterradora de faltarle el respeto al sueño intentando encontrar su “verdadero contenido”, como si lo que vemos y sentimos no fuera suficiente. La interpretación rescribe y altera lo sucedido porque, de alguna forma, le parece insuficiente.
En Contra la interpretación, Susan Sontag escribe: “La interpretación supone una hipócrita negativa a dejar sola la obra de arte”. Su ensayo es particularmente relevante si partimos de que los sueños están hechos de la misma sustancia que el arte. Entender los sueños como arte, no para monetizarlos ni explotarlos, sino para protegerlos contra interpretaciones que saltan furiosas, cual fiera selvática, sobre lo que el sueño nos muestra, nos dice o nos hace sentir.
Entender los sueños como arte también nos permite valorar su naturaleza enigmática. Su valor por su mera aparición y no por su aparente significado. Por su capacidad de lanzarnos a la perplejidad. Por su naturaleza poética y fugaz. Hay sueños que, simplemente, están hechos para ser olvidados. Sueños que ni siquiera alcanzamos a escribir. Solo vemos y, rebeldes, se van sin dejarse atrapar.
Tal vez el verdadero logro de Freud y de Jung, más allá de sus teorías de interpretación (hoy replicables por Chat GPT por tratarse de una serie de códigos y reglas lógicas), sea tomar en serio los sueños en la psicología (la cual, históricamente, y todavía hoy en su mayoría, ha sido reticente a siquiera mencionarlos). Pero sus caminos para interpretarlos atienden más al afán tan propio de su formación racionalista que a una comprensión de los sueños tal y como son.
Ambos, insatisfechos, parten de que el sueño oculta un contenido, de que debe decir algo más allá de lo que muestra (siendo Jung un poco más acertado, a mi parecer, por invitar a hablar sobre los sentidos que el sueño produce y menos sobre las asociaciones que pueden emerger, como lo haría Freud).
Con esto no quiero decir que se deben desechar sus teorías, pues sí que pueden resultar liberadoras y sanadoras en ciertos contextos. Pero ese es el matiz: en ciertos contextos. En otros escenarios, tal como la interpretación del arte, pueden resultar impertinentes, asfixiantes, intrusivas. Pueden derivar en preguntas absurdas que lo único que hacen es desprenderse del sueño y romper el silencio. Típico de terapeutas o analistas ansiosos por agradar, ansiosos por demostrar, pero, también, propios de una sociedad que espera soluciones instantáneas como su café; pacientes impacientes que esperan resolver cualquier problema en un par de sesiones para “salir de eso”.
Entiendo que la comprensión de los sueños como arte no garantiza que se dejen de interpretar (quizás conduzca a lo contrario), pero, por lo menos, permite defenderlos como tal. Defenderlos como lo hace Sontag con el arte al afirmar que “Lo que ahora importa es recuperar nuestros sentidos. Debemos aprender a ver más, a oír más, a sentir más”. Pueda ser que cuando años después regresemos a leer los sueños que, como mariposas, logramos atrapar, podamos apreciar colores en ellos que no habíamos visto. ¿Para qué decolorarlos de inmediato con asfixiantes ejercicios de interpretación?
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/martin-posada/