Tengo recuerdos borrosos, pero persistentes, de las tardes en el carro de mis papás, volviendo de la oficina. No tanto las conversaciones como el ambiente. El sonido. La radio siempre encendida, como una presencia constante. Y, sobre todo, las risas cuando aparecían los programas graciosos, esos que lograban que el trayecto se hiciera más liviano.
Sonaban espacios como La Luciérnaga, donde la política aparecía sin solemnidad. Allí estaban Tola y Maruja, dos señoras exageradas y chismosas, de esas que parecen sacadas de la familia o del barrio.
En otras franjas del dial estaba Vox Populi, donde convivían la imitación, la opinión y la sátira para comentar la coyuntura del día. Había humor, memoria y referencias compartidas. La crítica entraba por la risa, pero no era superficial. Tenía contexto.
Pienso en Gustavo Álvarez Gardeazábal diciendo las cosas de frente, con esa forma pausada y solemne que no necesitaba elevar la voz para incomodar. Había en su tono una confianza firme en la palabra bien usada y en la responsabilidad de expresarse con fundamento.
Y luego venían las noches. La televisión a la hora de la comida. El noticiero como punto de encuentro.
Hoy el sonido es otro. Audífonos, Bluetooth, feeds infinitos. Cada quien consume su propio menú informativo. La información ya no llega mediada por un criterio periodístico —con todos sus sesgos e imperfecciones, pero también con su oficio y su responsabilidad editorial—, sino administrada por algoritmos que premian lo que genera reacción inmediata: lo escandaloso, lo que confirma, lo que indigna.
Hoy hay algo que extraño profundamente de esa época: la curaduría como oficio.
Curar información no es crear más contenido. Es buscar, filtrar y organizar lo que ya existe para volverlo más útil y comprensible, añadir contexto y evitar el exceso antes de amplificarlo.
Hoy esa tarea recae casi enteramente sobre cada uno de nosotros. O queda en manos de plataformas cuyo modelo de negocio no es la comprensión, sino el engagement: más tiempo en pantalla, más clics, más reacciones. El resultado es predecible: nos devuelven una y otra vez versiones muy parecidas de lo que ya pensamos. Los sesgos se refuerzan, la conversación se estrecha, la polarización se vuelve casi estructural.
Y ahí empiezan las consecuencias más inquietantes. En un ecosistema sin filtros compartidos, las justificaciones se fragmentan. Empezamos a tolerar discursos. Normalizamos emociones como el miedo permanente, el resentimiento crónico o la rabia como método. Todo se explica con atajos emocionales. Las realidades complejas se reducen en narrativas simples.
Tal vez por eso ciertos liderazgos —en Colombia y en el mundo— no son una sorpresa, sino el camino que terminamos eligiendo. No porque expliquen mejor el mundo, sino porque lo simplifican hasta volverlo emocionalmente digerible. En un entorno sin curaduría, lo extremo termina imponiéndose sobre lo razonable.
No idealizo los medios tradicionales. Tenían poder, intereses, errores graves y silencios. A veces protegían demasiado; a veces fallaban estrepitosamente. Pero había un intento de entender el mundo antes de reaccionar a él.
El ecosistema actual ofrece oportunidades enormes: formatos nuevos, voces que antes no existían, acceso sin precedentes. No se trata de volver al pasado ni de entregarles un poder ciego a los medios de siempre. Pero algo se rompió cuando aceptamos que todo valiera lo mismo con tal de que sonara más fuerte.
Yo, al menos, sigo extrañando esa forma de informarme. No porque fuera perfecta, sino porque se parecía más a un esfuerzo colectivo por comprender antes que a una carrera por reaccionar.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/daniela-serna/