La diplomacia y el derecho internacional, en general, viven momentos decisivos: parecen estar cayendo en desuso. Mientras los poderes se reconfiguran y las instituciones democráticas soportan los embates de gobernantes autoritarios y personalistas, la resolución de los conflictos entre semejantes en la esfera internacional se tramita cada vez más por trinos vociferantes que por los canales regulares. Ejemplo de ello son personajes del talante de Trump y Petro, quienes cada tanto —más frecuentemente de lo tolerable— tienen salidas en falso que comprometen la política exterior de los Estados a los que representan. Ambos suelen intervenir en asuntos internos, tratar de incidir en procesos electorales extranjeros y vilipendiar a sus homólogos. Todo ello sin mencionar la relación entre ambos, que ha tenido al borde de un conflicto político, comercial e incluso militar a dos naciones aliadas, con agendas comunes.
La relación entre ambos es tensa incluso desde que el republicano era apenas un expresidente en campaña y, intentando ganarse el favor del derechizado voto latino, especialmente en los estados sureños, comparaba a Petro con Maduro o incluso se atrevía a difamar al mandatario colombiano con rumores sobre su vida personal.
Petro, por su parte, no escatimó en adjetivos hacia el temperamental magnate, que, a solo quince días de su regreso a la Casa Blanca, ya amenazaba a Colombia con una guerra comercial, con aranceles asfixiantes que liquidarían la economía colombiana. Ese primer incendio, esa primera batalla de ególatras, fue desactivada —cual bomba de tiempo— por equipos que, a lado y lado del cuadrilátero en el que volaban puñetazos, entendieron que la relación bilateral, esa sociedad estratégica construida de larga data, primaba sobre la mezquindad transitoria.
La tensa calma, que pasaba por momentos de ebullición esporádicos, tuvo su instante más álgido con la captura y posterior extradición del dictador venezolano, que, por lo que hemos visto, responde más a una estrategia expansionista y económica de Washington que a una real preocupación por la democracia y el derecho internacional humanitario. Ese éxtasis triunfal de Trump solo le abrió el apetito a más intervenciones de facto y, rápidamente, Colombia, Canadá y Groenlandia ya estaban bajo la amenaza plausible de ver sobre sus cielos los cazabombarderos que hicieron llover bombas sobre Caracas. De nuevo, el fuego se apaciguó por los buenos oficios prestados por un equipo de funcionarios de la Cancillería y de la Embajada de Colombia en Washington, encabezado por el señor Daniel García-Peña.
Según múltiples fuentes de medios de comunicación, el trabajo de García-Peña —quien, aunque ha acompañado a Petro desde su alcaldía, no es en estricto sentido un fundamentalista del petrismo, sino más bien un polo a tierra del presidente— fue decisorio para coordinar la llamada y el posterior encuentro entre ambos jefes de Estado, y para reconectar las agendas de Washington y Bogotá en temas como la lucha contra el narcoterrorismo, así como para seguir estimulando la inversión y el intercambio comercial. Al embajador, que supo cumplir su tarea con rigor, se le debe la desescalada de un conflicto desastroso en ciernes. ero sería un error leer ese episodio como una anécdota feliz o como la victoria de una persona sobre una crisis: lo que quedó demostrado es otra cosa, más inquietante y más estructural. Hoy la estabilidad internacional depende demasiado de la pericia de funcionarios que apagan incendios provocados por líderes que juegan con gasolina. Y cuando el orden global descansa en la capacidad de “arreglar lo que nunca debió romperse”, la diplomacia deja de ser política de Estado para convertirse en sala de urgencias.
Por eso, el problema no es solo Trump, ni solo Petro, ni siquiera el choque particular de sus estilos. El problema es la degradación del lenguaje público y la sustitución del oficio por el espectáculo: el mundo pasó de la negociación a la amenaza, del argumento al impulso, de las cancillerías a la tarima. La política exterior —que debería ser la expresión más cuidadosa, estratégica y responsable de un país— queda secuestrada por el ego, por el algoritmo y por la lógica de la polarización doméstica exportada al escenario internacional. Y cuando la diplomacia se vuelve un apéndice del temperamento, la soberanía se vuelve rehén.
El multilateralismo no es un lujo retórico ni una nostalgia de tecnócratas; es un dique civilizatorio. Es el conjunto de reglas, procedimientos y contrapesos que evita que los conflictos se resuelvan a punta de imposiciones, sanciones arbitrarias o demostraciones de fuerza. Defenderlo no es “ser tibio”: es entender que la paz —y también la prosperidad— se construyen con instituciones, no con bravatas.
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