Roy sin Barreras 

Si el cinismo fuera un indicador medible en la política colombiana, Roy Barreras estaría fuera de escala. No por exceso retórico, sino por una trayectoria que convirtió el escándalo en método y la impunidad en norma. En Colombia, donde el escándalo suele ser pasajero y la memoria selectiva, Barreras logró lo impensable: convertir una trayectoria llena de cuestionamientos en una plataforma viable para aspirar a la Presidencia. No es una hazaña individual; es un síntoma colectivo.

No se trata —al menos no exclusivamente— de atacar una campaña presidencial. El debate no es electoral sino moral y político. La pregunta de fondo es otra: ¿hasta dónde puede llegar el cinismo del electorado para respaldar a uno de los políticos más cuestionados de las últimas dos décadas? ¿Cuántos expedientes, audios, videos, denuncias y contradicciones ideológicas se necesitan para que una hoja de vida deje de ser tolerable? La respuesta, a juzgar por los hechos, es desalentadora.

El prontuario es conocido y no requiere mayor esfuerzo retórico. Clientelismo como método de supervivencia, investigaciones por corrupción como ruido de fondo permanente y un ejercicio sistemático del sicariato moral contra adversarios, aliados ocasionales y críticos incómodos. Barreras no es un político con sombras; es un político que aprendió a habitar la penumbra con comodidad, entendiendo que en Colombia el escándalo no inhabilita, solo desgasta… y el desgaste se administra.

Pero sería un error reducir a Roy Barreras a una anomalía del sistema. Por el contrario, es su expresión más acabada. En él confluyen todos los vicios de la política tradicional: el oportunismo ideológico, la cercanía estratégica al poder de turno, la habilidad para mutar de discurso sin asumir costos y la certeza de que la indignación ciudadana es efímera. Barreras no desafía las reglas del juego; las conoce tan bien que las dobla sin romperlas.

En una democracia sin barreras éticas ni institucionales, los corruptos no solo sobreviven: se perpetúan. Escalan, se reciclan y terminan dictando las condiciones del sistema que alguna vez los cuestionó. Así, organizan consultas presidenciales a su acomodo, reciben la venia presidencial para erigirse en candidatos del oficialismo y se presentan como opción legítima bajo el disfraz de la gobernabilidad. El cinismo deja de ser un defecto y se convierte en una virtud funcional.

Para Roy Barreras no existen barreras, ni pesos ni contrapesos. Su eventual candidatura no es una excepción escandalosa, sino la confirmación de una regla incómoda: en Colombia, la ausencia de límites no castiga, premia. Cuesta creer que el cinismo ciudadano alcance para comprar el relato del “Roy progresista, de izquierda y liberal”, una etiqueta tan funcional como inverosímil. Aun así, el candidato —con la venia presidencial— tendrá vía libre en la llamada consulta de la izquierda del 8 de marzo, no como anomalía del sistema, sino como su consecuencia más predecible.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-carlos-bolivar/

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