Calígula somos todos

Roma llevaba ya siglos construyendo algunas de las ideas que todavía sostienen nuestra vida moderna: el derecho, la política, la historia, la filosofía, las formas mismas de organizar una sociedad. Por eso siempre me ha parecido un lugar inevitable de estudiar, no solo como imperio, sino como espejo.

Hay una frase conocida —atribuida a veces de forma imprecisa, pero cierta en espíritu— que dice que quien no conoce la historia está condenado a repetirla. Y quizás por eso volvemos una y otra vez a Roma: porque incluso en sus sombras hay lecciones que todavía no terminamos de aprender.

Calígula fue un emperador romano del siglo I, que gobernó entre los años 37 y 41 d.C., en un momento en que el Imperio ya era una maquinaria inmensa de poder, tensión y vigilancia. Su nombre ha llegado hasta nosotros como símbolo del exceso y del abuso, como una manera de nombrar lo que ocurre cuando el poder se ejerce sin contención, cuando la política se vuelve teatro y la violencia se normaliza.

Estudiando Roma encontré un podcast que me llamó la atención por la manera en que abordaban a Calígula. No desde el morbo, ni desde la caricatura del tirano extravagante, sino desde una pregunta que me quedó resonando: no qué le hizo Calígula a Roma, sino qué le hizo Roma a Calígula.

Tal vez ahí esté la clave. Entender que los personajes no aparecen en el vacío, que las sociedades también producen sus síntomas, y que el contexto —la violencia, el miedo, las pérdidas acumuladas— termina orientando lo que creemos posible, lo que justificamos y lo que estamos dispuestos a repetir. A veces no cargamos el pasado como recuerdo, sino como criterio.

Calígula no nació monstruo. Nació niño. Y creció rodeado de pérdidas. Su padre murió joven. Su madre fue desterrada. Sus hermanos perseguidos y asesinados. Su vida temprana estuvo marcada por una lección brutal: que nada era seguro, que el afecto podía volverse peligro, que sobrevivir implicaba callar, adaptarse, actuar.

Cuando llegó al poder, lo que suele contarse como delirio quizás también puede leerse como otra cosa: el trauma convertido en impulso, el miedo convertido en necesidad de control absoluto. Esa tentación humana tan antigua de no volver a ser vulnerable. De imponer antes de que lo impongan. De castigar antes de que lo destruyan.

Y ahí es donde Calígula deja de ser solo un emperador y se vuelve una pregunta emocional.

Roma no era un lugar que curara. Era un mundo acostumbrado a la violencia, a la intriga, a la idea de que el poder debía afirmarse castigando. Calígula no creó esa cultura: simplemente terminó por encarnarla.

Y entonces uno piensa en Colombia. En un país donde el miedo no es una emoción ocasional, sino un clima. Donde muchas personas han crecido no solo aprendiendo a desconfiar o a endurecerse, sino simplemente a vivir dentro de la violencia, la pobreza, la incertidumbre y la falta de oportunidades. Un país atravesado por odios de clase, por la ausencia intermitente del Estado, por la sensación persistente de una justicia ausente. Y donde esa realidad termina moldeando lo que creemos posible, lo que justificamos y lo que exigimos.

En una sociedad así es fácil empezar a elegir desde el dolor. No desde el bien común, sino desde el desahogo. No buscando soluciones, sino castigo. No queriendo instituciones, sino figuras que prometan una revancha emocional.

Calígula aparece cuando celebramos la dureza como si fuera carácter. Cuando confundimos justicia con humillación. Cuando preferimos el grito al argumento. Cuando queremos ver caer al otro más que construir algo juntos.

No hace falta gobernar un imperio para volverse Calígula.

Basta con que el dolor, en lugar de procesarse, empiece a mandar.

La pregunta entonces no es cuál político hoy se asemeja a Calígula. La pregunta real es cuánto de Calígula hay en nosotros, los colombianos, porque al final somos nosotros quienes los elegimos. Cuánto hemos dejado que la herida decida por la razón. Cuánto estamos retrocediendo en conciencia.

Y, sin embargo, Roma también enseña algo más esperanzador. Tras décadas de caos, autoritarismo y crisis sucesivas, el imperio no salió del abismo por la llegada de un salvador mesiánico. Salió porque, poco a poco, dejó de premiar el espectáculo y empezó a valorar la administración predecible, la continuidad en las reglas, la capacidad de resolver conflictos sin destruir al adversario.

Hubo un fortalecimiento gradual de las instituciones: mejores sistemas de recaudo y distribución de recursos, gobernadores provinciales más competentes, una justicia que —aunque imperfecta— empezó a ser más previsible, inversión sostenida en infraestructura que beneficiaba a muchas ciudades, y sobre todo, la construcción lenta de un marco común que permitió convivir con diferencias profundas sin que todo terminara en una guerra civil.

Tal vez ahí esté la esperanza para nosotros: no en imaginar un país sin heridas, sino en negarnos a que esas heridas gobiernen. Sanar es salir de la lógica del bando, del castigo total, de la revancha interminable, y volver a apostar —aunque cueste— por un nosotros más grande.

Porque Calígula no es solo un emperador del pasado.

Calígula es una posibilidad humana.

Y una sociedad herida, si no se cuida, puede terminar soñándolo.

Pero también puede, con madurez colectiva, aprender a contenerlo.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/daniela-serna/

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