A Úrsula K. Le Guin, la escritora estadounidense, la conocimos por Terramar, Los desposeídos y Los que se alejan de Omelas. Además de su extraordinaria imaginación —y seguro precisamente por ella— Le Guin pensó hondamente sobre la configuración del mundo actual, sus instituciones y sus valores. Uno de sus pensamientos más lúcidos viaja hoy en la maraña de las redes sociales, dejando su potencia y su luz en ese lugar no lugar que se inventaron los seres humanos. En ese video— famoso en Tik Tok e Instagram— la escritora dice que, para nosotros, los que vivimos en estos tiempos, es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo.
Detengámonos un poco en esta frase célebre ¿Por qué es tan famosa y nos hace tanto sentido? ¿De dónde proviene esa aceptación irremediable de una forma de organización social? ¿Adoramos, como lo hacemos con las figuras religiosas, a un modo de producción?
Cuando Francis Fukuyama declaró que la historia había terminado lo que también estaba diciendo es que estábamos aceptando—de una vez por todas y sin posibilidad de retorno— la existencia de un único sistema social. Con los acontecimientos de 1989 y 1991 el mundo perdió su contraparte narrativa, su reflexividad por oposición, su resistencia. La disolución de la URSS es la declaración de victoria de la democracia liberal y el capitalismo de consumo. Y no es que haya que lamentarse por la caída de una forma de organización que en manos de Stalin derivó en praxis autoritaria y genocida. Pero cuando se acaban los antagonismos en política, aparece una forma particular de violencia simbólica que a menudo pasa desapercibida: la del relato único.
Si a esto le sumamos el trabajo de propaganda que realizan muchos productos culturales y la tarea de los grandes sistemas publicitarios, lo que tenemos es una subjetividad capitalista de corte religioso. Cualquier resistencia, crítica o revisión será tomada como herejía. Las hazañas del sistema, presentadas típicamente como milagros, son sagrada escritura. Antes de su llegada, como en el mito de la creación, todo era oscuridad.
Esa realidad discursiva y cultural, esconde, bajo el pretexto de los datos y los hechos, esa violencia opaca a la que se hacía referencia más arriba. El relato incontestable, basado en una suerte de dogmas de fe sistémica, es de hecho bastante violento. Lo es sobre todo porque anula toda contestación, todo diálogo, toda crítica. Se ensaña en aplanar las diferencias.
A propósito de la exclusión, de la eliminación de la disidencia muy propia del fascismo, Pier Paolo Pasolini reflexiona en una entrevista realizada en 1962: “No hay que ser fuerte para enfrentarse al fascismo en sus manifestaciones delirantes y ridículas: hay que ser fortísimo para enfrentarse al fascismo como normalidad, como codificación alegre, mundana, socialmente elegida, del fondo brutalmente egoísta de una sociedad”.
Sus palabras y las de Le Guin apuntan a una misma dirección: la que señala lo problemático de aceptar un estado de cosas inmodificables, una sociedad que no es susceptible de mejora, porque estamos en el mejor de los mundos posibles, y quien se atreva a señalar lo contrario, quien imagine otra posibilidad, será tratado como un peligro.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-pablo-trujillo/