En política no gana necesariamente quien mejor gobierna, sino quien tiene enfrente una oposición incapaz de disputarle el poder. En la Colombia de hoy, esa es la ventaja silenciosa del oficialismo. Y por incómodo que resulte admitirlo, Iván Cepeda tiene una probabilidad real —cada vez más alta— de convertirse en el próximo presidente de la República. No porque el Gobierno haya sido exitoso, ni porque su proyecto despierte entusiasmo mayoritario, sino porque al frente no existe una alternativa articulada y con vocación real de poder.
Mientras el Gobierno de Gustavo Petro avanza con disciplina política, control del relato y claridad estratégica sobre su objetivo central —repetir en 2026—, la oposición de derecha y centro sigue atrapada en una dispersión casi patológica. No hay liderazgo común, no hay hoja de ruta compartida, no hay siquiera un diagnóstico honesto del momento político. En lugar de estrategia hay egos; en lugar de proyecto hay cálculos individuales; en lugar de una narrativa alternativa hay una suma de monólogos inconexos que no construyen mayoría ni generan confianza.
Ese vacío no se llena solo. Y cuando no se llena con política, se llena con ruido. En ese escenario irrumpe Abelardo De La Espriella, quien ha logrado posicionarse en el extremo más dañino de la derecha: el del todo vale, el de la provocación permanente, el de la indignación convertida en espectáculo. Su apuesta no es disputar el poder con posibilidades reales, sino degradar el debate público hasta hacerlo irreconocible. Sin embargo, por más que sus seguidores intenten convencerse de lo contrario, el panorama es inequívoco: De La Espriella pierde en cualquier escenario frente al candidato del petrismo.
Y ahí está la paradoja que muchos se niegan a ver. Justamente por su incapacidad de ganar, De La Espriella se convierte en el rival ideal para una izquierda que quiere perpetuarse. No hay antagonista más funcional que aquel que confirma todos los prejuicios, simplifica el contraste moral y permite al oficialismo presentarse como la opción “sensata” frente al caos. El abogado de las mafias no amenaza al petrismo: los fortalece. No los confronta: los legitima.
Aun así, la oposición insiste en recorrer ese camino. Insiste en la ausencia de estrategia, en la política guiada por el ego, en la negación de hechos históricos, en los papelones públicos que se multiplican de región en región. Insiste en una irrelevancia que no es accidental, sino autoinfligida. Cada error, cada exabrupto, cada disputa interna no resuelta termina siendo un favor adicional para un Gobierno que, pese a su desgaste, hoy ve abierta la posibilidad de repetir presidencia.
Cepeda no va a ganar porque sea invencible ni porque represente una ola imparable. Puede ganar porque enfrente no hay una oposición que entienda que el poder no se conquista con rabia, ni con espectáculo, ni con consignas vacías. Puede ganar porque sus adversarios siguen confundiendo ruido con fuerza y visibilidad con viabilidad. Y esa es, quizás, la acusación más severa que puede hacérsele hoy a la oposición colombiana: no que pierda, sino que esté trabajando activamente para hacerlo.
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