Ni Cepeda es el candidato de Petro ni Santos fue el de Uribe

Los seres humanos somos propensos a polarizar y a reducir la existencia a valores básicos. Vemos solo antagonismos en donde hay también complementariedades y, viceversa, solo afinidades donde también hay diferencias. Acomodamos lo real a nuestras ideas y prejuicios: lo distorsionamos y borramos sus matices de un plumazo o con una palabra.

Si queremos transformar la política –lo cual es un imperativo para nuestro país y el mundo en general, so pena de caer en la anarquía o en algún totalitarismo–, debemos luchar contra esas tendencias y contra quienes las encarnan, empezando por Uribe y Petro, los dos políticos más influyentes del país en este siglo.

En el ámbito político son más frecuentes estas trampas del pensamiento y, por ende, del lenguaje. Los casos a los que refiere el título de esta columna son ejemplo de ello. Veamos en ambos las ligerezas de nuestros juicios y sus negativos efectos.

De Petro a Cepeda
Si bien Iván Cepeda comparte y agencia en buena medida el proyecto político de Gustavo Petro y muy probablemente sea el candidato único de la izquierda en las elecciones, lejos está de ser el ungido de Petro. Para demostrarlo, bastaría con decir que, de serlo, lo habría apoyado firmemente desde que se lanzó, así como Cepeda ha defendido su gobierno, y no estaría haciéndole guiños a precandidatos impresentables como Daniel Quintero.

La primera razón es que Petro, como todo el que se cree elegido –y libertador, en su caso– quisiera reelegirse, como lo ha dejado entrever muchas veces y lo confirmó con un extenso trino en X esta semana, después de que en la última encuesta del Centro Nacional de Consultoría (CNC) saliera con una imagen positiva (48.8%) superior a la negativa (42.1%). El otro 9.1% o no respondió o no sabe qué responder.

Estoy convencido de que si Petro tuviera el apoyo del establecimiento –como lo tuvo Uribe en su momento– cambiaría la Constitución y el equilibrio de poderes para hacerse reelegir, como lo hizo su némesis del Ubérrimo para 2006.  

En segundo lugar, no dudo de que Petro valora y respeta a Cepeda, pero, al tiempo, lo mira con algún recelo, porque, en cierto modo, es una amenaza para su identidad. Intuye que si llega a ser presidente posiblemente lo haría mejor que él, lo cual sería una herida para el enorme ego del que presume, y que en ocasiones antepone al interés general de los colombianos. Somos muchos los que valoramos el talante de Cepeda, incluyendo a personas de la derecha radical como José Félix Lafaurie, quien en varias entrevistas durante esta semana resaltó que era “un hombre ponderado, reflexivo y con convicciones firmes”.

Adicionalmente, Cepeda tiene más ascendencia en la izquierda tradicional y radical (que es diferente a extrema). Aunque recíprocamente respeta y valora a Petro, ha disentido de él públicamente en temas como su dificultad para lograr acuerdos, en la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente y en el manejo de temas de justicia y paz (Infobae). Cepeda no es un áulico del presidente.

Paradójicamente, es más flexible y pragmático que Petro, por su capacidad de lograr acuerdos y “tramitar todo tipo de diferencias” como también lo exaltó Lafaurie. Estoy casi seguro de que el próximo presidente de Colombia será de derecha, pero si Cepeda llegara a quedar, ahuyentaría muchos de los fantasmas que han creado a su alrededor y demostraría que no es extremista ni de temer, como advierten godos confesos o camuflados en el centro.

En síntesis, sin posibilidades de reelección, con un Cepeda blindado por el núcleo fuerte de la izquierda, y con un talante que le reconocen hasta sus contradictores políticos, a Petro no le queda más opción que adherir y respaldar públicamente a Cepeda, si termina siendo el candidato único del Pacto Amplio o Frente por la Vida. No es su candidato, pero lo respeta y le tocará apoyarlo, salvo que quiera romper con la izquierda y con el mismo Pacto, lo cual no es imposible, dada la impredecibilidad de sus cambios de parecer.

De Uribe a Santos
Como anuncio desde el título, si Cepeda no es el de Petro, Santos tampoco fue el de Uribe. De ahí que me suene incomprensible que los uribistas hablen de traición o que santistas –si es que existen– hablen de continuidad. Era un secreto a voces entre la gente políticamente informada de este país que el candidato del corazón de Uribe era Andrés Felipe Arias, pero tuvo dos obstáculos insalvables.

Primero, Santos había adquirido tanto poder en el segundo gobierno de Uribe, tanta aceptación en el establecimiento colombiano (empresarios, políticos y medios, entre otros actores), que no lo podía bajar como candidato único del Partido de la Unión por la Gente (más conocido como Partido de la U), creado por el propio Santos en 2005, como movimiento para respaldar la reelección del mismo Uribe.

Segundo, Arias no llegó ni a candidato, se quedó en precandidato, porque perdió en la consulta interna del Partido Conservador por menos de 40.000 votos con Noemí Sanín, con lo cual ni un apoyo soslayado era posible. Tampoco era una opción para Uribe y para su séquito más cercano bajarse del apoyo a Santos, aunque de antemano sabían que los “traicionaría”, porque tenía agenda propia y no era el pelele que necesitaban para manejar a su antojo.

Les duele más esa orfandad de poder que la negociación con las Farc, a la que tiene de caballito de batalla para destilar odio e inventar disparates como la existencia de un “petrosantismo”, que solo cabe en mentes tan retorcidas y polarizadoras como las de ellos, para quienes no existen ni tercerías ni cuarterías ni más vías. Blanco o negro; bueno o malo; conmigo o contra mí. Así ven el mundo.

Lo que nos dejan y lo que nos espera

Aunque son claras sus diferencias ideológicas, Uribe y Petro se parecen en varias cosas: han demostrado que son ególatras consumados y consumidos por sus egos, a los que han antepuesto a los intereses del país. “La virtud termina donde comienza el interés”, dice el proverbio, y en estos casos bien aplica.

De modo que si usted, como Lafaurie, tiene una ideología contraria a la de Cepeda, no vote por él y punto. No tiene que escudarse en que es el elegido o la continuidad de Petro. Primero, porque no lo es, y, segundo, porque, aun si lo fuera, no actuaría siempre como su antecesor quisiera. Ya lo vivimos con Duque, que sí era el elegido de Uribe. Hoy se miran de reojo, porque el primero se cansó de obedecer y el segundo de que no le obedecieran. El mundo, las relaciones humanas, no son tan básicas ni lineales como la mayoría creen.  

Lo doloroso de todas estos inventos y películas baratas son sus efectos prácticos: enemistades, resentimientos, odios, violencia, guerras y muertos. Lo peligroso de esto es que los medios de comunicación y los líderes de opinión –entre los cuales estamos los columnistas– repliquemos esta concepción bipolar y guerrerista del mundo. Que oscurezcamos en vez de esclarecer, y más cuando el panorama está pasando de gris a negro.

Luego de la polarización que nos dejan Uribe y Petro, necesitamos un cambio cultural, de mentalidades, y para ello se requiere mucha pedagogía y claridad, sin renunciar a la densidad. Sin dejar de mostrar los extremos, revelar los matices, para que se entienda la dinámica de la política y que “la política es dinámica”, pero no en el sentido peyorativo y caricaturesco con el que utilizamos el término, sino en la complejidad de las siempre cambiantes relaciones humanas. 

El fantasma que recorre hoy al mundo no es el comunismo, como anunciaron Marx y Engels en 1848 para Europa. Hoy es el autoritarismo y los populismos de derecha los que acechan la maltrecha democracia, con fantoches, megalómanos y narcisos como Trump, Milei, y ahora en Colombia, Abelardo De la Espriella (el “Tigre”).

Ahora, si usted sigue viendo en Cepeda la encarnación del mal, al que hay que detener de cualquier manera, sáquelo de la contienda y resuelva esta nueva disyuntiva: ¿prefiere la “tibieza” de Fajardo o las excentricidades del “Tigre”? 

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