Para escuchar leyendo: Alicia adorada, Juancho “Polo” Valencia.
La Colombia que usted y yo conocemos, al igual que la que conocieron nuestros padres, abuelos y bisabuelos, es una patria de contradicciones y ambivalencias.
La Colombia que nos tocó en suerte es capaz de cantarle a sus guaduales, de pintar de siete colores un mar, de acoger una sierra nevada al lado del Caribe y de darle a Dios una amiga para que baje del aire, como Juancho Polo tuvo a bien cantar.
Pero la Colombia que nos tocó en suerte también es capaz de ignorar la avalancha que sepulta un pueblo, de permitir un genocidio político y de engañar a sus jóvenes para enterrarlos. A cada alegría del país, como en la salsa, le siguieron diez tragedias. En este país la catástrofe es tan frecuente y de tal magnitud que muchos colombianos se preguntan si aún les quedarán lágrimas para llorar otra tristeza.
Quizá por eso —porque la realidad abruma— uno brega a encontrar una tabla salvavidas, una excusa para encontrar el suspiro de alivio, una forma de resistencia. Ser colombiano, como escribió Borges, es un acto de fe: fe en que la belleza no se extingue pese al ruido, en que la dignidad sobrevive incluso cuando quienes gobiernan parecen empeñados en reducirla. Aquí la poesía no vive solo en los libros, sino en la terquedad de la gente, en la manera de nombrar el mundo para no rendirse ante él. En esa forma única, física y metafísica que es el ser colombiano.
Un país que produce los versos de Carranza, las músicas de Zully Murillo y los paisajes irrepetibles que enternecieron al poeta, es también el que acumula nombres que duelen. Todo ocurre aquí, para bien y para mal todo ocurre aquí: mientras la grandeza del territorio y del espíritu popular sigue intacta, casi insultante frente a la pequeñez de muchos de nuestros líderes.
Ahí está la paradoja, esa mezcla de ambivalencias que inspiraba y mortificaba a Gonzalo Arango en su carta de amor solitaria a Medellín. Este es un país inmenso gobernado, demasiadas veces, por miradas cortas. Una Nación capaz de producir a García Márquez y a Débora Arango, pero condenada a elegir dirigentes sin imaginación moral, de anidar lo mismo a la inspiración de una explosión incontrolable de vida, y un afán destructor como el que tanto padecimos. Colombia piensa en metáforas; su clase política, en cálculos. Colombia canta para sobrevivir; sus líderes administran la supervivencia como si fuera un favor.
Y uno vive escuchando que estos robaron tanto, que aquel -que sueña ser presidente- se les robó la comida a los niños más pobres y ahora quiere lanzar a la esposa; que allá masacraron un pueblo, que hace cuarenta años arrasaron con la vida de nuestra Justicia y ahora el presidente lo llama grandeza. Y uno vive viendo noticias que cansan, que duelen, que parecen tener sobre el país una inagotable fuente de decepciones y de una incapacidad nacional para conocer el fondo del abismo. Y se pregunta si vale la pena tener hijos, de traer más personas a heredar la condena patria de una violencia cíclica, y uno se pregunta si vale la pena quedarse, si este país tiene futuro, si hay alguna manera de vivir con dignidad, si hay cómo y con quién sanarle el alma a esta Nación atolondrada.
Pero luego, por esa misma ventana, uno se descubre embelesado mirando al Pacífico, llorando silente frente a un atardecer samario, y entiende que no todo está perdido; que escuchar una canción de Totó la Momposina o el fuelle bendito de un acordeón, que leer un poema de Piedad Bonnett, que ver la familia pujante que retrató Cano, que respirar el aire que sopla por entre las cordilleras es recordar que hay una reserva ética y estética que no han logrado saquear, y que también se hereda con el ser colombiano. Es reconocer que la belleza física del país —sus ríos, montañas y selvas— dialoga con una belleza metafísica: la capacidad de sentir, de crear, de creer incluso cuando todo invita al cinismo.
Y uno ve por la mañana un amanecer sobre Medellín, y entiende que vivir vale la pena, que Colombia vale el esfuerzo, y que se puede aferrar a la poesía, que no es poco.
¡Ánimo!
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