Parece mentira que en Medellín, la ciudad que siempre ha sacado pecho por su industria y por ser uno de los motores más importantes que empuja a Colombia, hoy estemos envueltos en una duda casi existencial: ¿seguimos siendo parte del país o nos estamos convirtiendo en una sucursal del extranjero?
Históricamente, el orgullo paisa se construyó fabricando, produciendo y atrayendo inversión para generar empleo real. Pero hoy la realidad es otra. El turismo, que al principio recibimos con los brazos abiertos como un «alivio» económico, se nos salió de las manos y nos puso frente a una pregunta que ya no suena a exageración: ¿Qué tan cerca está Medellín de pagar todo en dólares?
Al principio todo era optimismo: más consumo, emprendimientos locales llenos y una ciudad vibrante. Pero no estábamos preparados para el costo oculto de este fenómeno. Lo que vivimos hoy es un «dualismo» extraño; es como si en una misma calle convivieran dos economías que no se hablan. Por un lado, el DANE nos dice que una familia necesita unos 8 millones de pesos para vivir cómodamente, una cifra que suena a utopía para la clase media trabajadora, incluso con los ajustes al salario mínimo. Por el otro, vemos una ciudad que empieza a girar en torno al billete verde.
No me hizo ninguna gracia ver que grandes cadenas como el Éxito ya aceptan dólares, o entrar a un restaurante donde la carta solo está en inglés. Eso no es «buen servicio al turista», es una señal de alerta. Es el síntoma de que pasamos de ser anfitriones a ser ocupados en nuestra propia casa.
La sensación es clara: hoy los 40.000 pesos son los nuevos 10.000. Ir al Ara o al D1 por los faltantes del almuerzo se ha vuelto un ejercicio de asombro ante lo poco que rinde el peso frente a una demanda que ya no es nuestra, y ni hablar de salir a un restaurante a comer, ya no recuerdo la última vez donde pagué por un plato menos de 40.000.
El escándalo de los precios de Airbnb durante los conciertos de Bad Bunny fue solo la gota que rebasó el vaso. Es la muestra de que Medellín se convenció de que aquí cualquiera puede pagar cifras astronómicas. Y lo peor es que, mientras nosotros sufrimos el arriendo, en YouTube se multiplican los videos de extranjeros vendiendo la ciudad como el destino perfecto para «vivir como reyes entre plebeyos» porque todo les parece «barato». Lo que para ellos es una ganga, para el paisa de a pie es un desplazamiento silencioso.
Resulta irónico que hasta la música que nos invita a no irnos de nuestra tierra termine alimentando este círculo vicioso. Nos hemos negado a regular el mercado, pero ¿qué vamos a hacer con los efectos de esta migración? Si no ponemos reglas claras al asentamiento de extranjeros y a la vivienda, la ciudad seguirá expulsando a su propia gente. Medellín no puede ser solo una escenografía bonita para los que vienen de paso; si seguimos así, terminaremos siendo extraños en los barrios que nosotros mismos construimos.
Las fallas de mercado existen y son reales; no son el invento de una postura regulatoria caprichosa. Nos dicen a gritos que establecer reglas claras no consiste solo en buscar menores precios, sino en garantizar condiciones que nos permitan coexistir en esa diversidad que nos conforma como sociedad. ¿Cuándo será esto una prioridad? ¿Cuándo dejará de ser un tema de moda para convertirse en un punto urgente de la agenda social? Quizás reaccionemos justo cuando las columnas de opinión dejen de escribirse en español para pasar al inglés, o cuando, terminemos mirando nuestra propia tierra sin reconocerla, diciéndonos en silencio “seguimos aquí”.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/carolina-arrieta/