Fue escándalo en Medellín las cifras exorbitantes de los arriendos temporales por la plataforma Airbnb a raíz de la llegada masiva de turistas que venían para el concierto de Bad Bunny. La extendida molestia no era solo por las altas sumas, a todas luces descabelladas, por una o dos noches de arrendamiento sino también porque en muchos casos, los acuerdos previos con pagos de un alto porcentaje de la estadía eran deshechos a última hora por los propietarios aduciendo cualquier excusa, para luego retomar la oferta con cifras varias veces más altas.
Todo muy mal. No obstante, hubo quienes defendieron lo ocurrido en la plataforma, argumentando que así funciona el mercado: ante la escasez de oferta y el exceso de demanda, pues los precios suben. Simple ¿no? Pues no. El mercado no funciona así cuando de por medio hay un contrato. Justamente los contratos se usan para anticipar situaciones futuras que puedan dar tanta inestabilidad a la transacción económica que impidan que esta se realice. Ahora bien, cuando el contrato ni siquiera logra concretarse, como ocurrió en Medellín, deja enormes dudas sobre el funcionamiento de la plataforma donde estos se están negociando.
Muchos de los afectados manifestaron que la plataforma otorga una compensación, pero esta es insignificante en comparación con la afectación que significa venir de otra ciudad para un concierto y a último momento no tener donde alojarse y enfrentarse a precios exorbitantes; también se dijo que la multa a los propietarios es paupérrima frente a lo que obtienen al arrendar a esos elevados precios, porque no están impedidos a hacerlo, hasta ahora.
Es evidente que lo que antaño se reconocía como un valor en las negociaciones: la palabra; terminó ensombrecido por la ambición desmedida, el afán de enriquecimiento rápido, aprovechando los vacíos de la plataforma Airbnb. La cultura del avispado o el vivo vive del bobo afloró una vez más y nos deja muy mal parados frente a nosotros mismos como coterráneos y frente a quienes nos visitan.
Las críticas a la plataforma no son solo en Medellín, sino también en muchas otras ciudades, principalmente en aquellas donde el turismo es un eslabón importante de la economía. El principal problema es la denominada “gentrificación”. Las rentas cortas que ofrece Airbnb terminan afectando los precios de los arrendamientos y la disponibilidad de la vivienda para quienes desean una permanencia de mediana o larga duración, es decir, para los habitantes del territorio o locales. Sin contar con otros asuntos como el costo en restaurantes y otras amenidades.
Ciudades como Barcelona prohibirán los alquileres de corta duración a partir de 2028. New York, Las Vega y Santa Mónica en Estados Unidos exigen que el anfitrión esté presente durante la estadía (para no afectar la oferta de vivienda y reducir el impacto sobre la gentrificación), otras solicitan licencias para los arrendamientos (aumenta los costos de entrar al negocio) y otras ponen límites a los días en que se puede ofertar para la renta corta.
Medellín tiene más de dos décadas buscando su internacionalización. El turismo es ahora una apuesta de vocación económica con resultados evidentes en aumento sostenido del número de turistas que nos visitan. Es innegable que hay una derrama económica importante, se generan nuevos negocios, oportunidades de empleo y mejores ingresos para quienes participan del sector. No obstante, Medellín tiene un problema estructural de escasez de vivienda que se agrava con las rentas cortas. La ciudad está expulsando de a poco a muchos de sus habitantes, porque estos no tienen la capacidad de pagar los arriendos y mucho menos pueden aspirar a ser propietarios con una oferta tan limitada.
Como dice el arquitecto Juan Carlos García, una persona joven difícilmente tiene como comprar o arrendar en Medellín, deben optar por hacerlo en otros municipios cercanos y se pregunta ¿qué pasa con una ciudad que pierde a sus jóvenes? Tiende a desaparecer al convertirse en un museo: la ciudad para los viejitos y los extranjeros.
Medellín está en mora de revisar a profundidad su política de vivienda y el rol e impacto del Isvimed. La resolución de los déficits cuantitativo y cualitativo no es posible con la reducción persistente de las metas dentro de los planes de desarrollo. Si a esto le sumamos el impacto de las rentas cortas, tenemos un panorama de crecimiento de la gentrificación y una ciudad que va perdiendo sus raíces mientras promueve el turismo como una de sus vocaciones económicas. Con el ejemplo de otras ciudades en el mundo, Medellín también tendrá que discutir que frenos poner a esas rentas de corta duración. Al final la pregunta que queda es ¿la ciudad, nuestra ciudad, para quiénes?
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