Adelgazó y creció, y en su rostro se dibujaba un gesto parecido al dolor que casi lo hacía interesante.
—Gustave Flaubert
Camino con audífonos bajo escasas nubes que para nada amenazan el cielo azul de la mañana. Escucho Greta Van Fleet. Tienen esa guitarra tan propia del rock que se resiste a la asfixiante fama y se aferra, con sus cuerdas, al pogo. Pero hay un ruido intruso, cual zancudo en la almohada, que parece colarse en la canción. Reconozco que es ajeno a ella y quiebra el ritmo. Me quito uno de los audífonos. El ruido intruso se convierte en personaje central de la melodía del mundo que ahora me invade: una ambulancia está a dos cuadras.
Hostigado por la intensa monotonía de su sirena (¿tan propia del reggaetón?), me vuelvo a poner el audífono y subo el volumen al máximo, en un intento por aferrarme a mi propia melodía. Esa que sí quiero escuchar. Aun así, la ambulancia rompe la barrera. Quiebra la guitarra. Desafina la vocal. Grito desafinado que me saca del fluido levitar de la música que me abriga. Reclama mi atención. El volumen no ayuda.
—Sí, ¿sonido?, uno, dos, ¿sonido?— parece decir detrás de los audífonos.
“Sí se escucha”, respondo como quien dice cualquier cosa para confirmar algo demasiado obvio. Me quito los audífonos. Escucho la ambulancia pasando a mi lado. El tiempo se detiene. El cielo parece haber oscurecido. El azul se torna lejano, sin sentido. Veo cómo los carros obedecen y abren paso como pueden. Otros pitan, apoyando la causa, y hasta algunos peatones se empoderan y dan indicaciones desde la acera.
Me detengo a observar y dejo que ese afilado retumbar de la sirena invada mis tímpanos. Su ruido recibe mi atención y, con ella, mi imaginación. Imagino que alguien va adentro. Imagino el golpe, el caos, la sangre. O imagino hacia dónde va. El cuerpo en la calle, una descarga eléctrica de los paramédicos sobre el corazón, una cinta amarilla, los carros pasando despacio, chismosos, para atrapar lo que puedan con esa mirada fugaz que el tráfico apenas permite.
Se dibuja el ruido del dolor que hubiera preferido evitar. Ese que intenté esquivar. Irrumpe. Invade. Se roba toda la atención de quienes lo escuchan.
La ambulancia se va. Su pitido se pierde entre las laberínticas calles. Deja tras de sí un eco que se estanca en las paredes, en los árboles, en la acera y en la piel.
El dolor es así. Irrumpe entre la melodía que creemos controlar y lo hace cuando quiere. Se hace notar. Se hace escuchar. Su mano roja nos toma y nos deja, nos logra y se va.
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