Seguramente, cuando vio el título de esta columna, pensó que se trataría del senador y candidato presidencial del petrismo, Iván Cepeda. Y, bueno, razones sobran para asociar a ese oscuro personaje de la política nacional —quien tanto ha defendido y justificado a la dictadura venezolana— con un régimen que por estos días se reacomoda bajo la tutela del gobierno de Trump, sin que la democracia aparezca en un horizonte más o menos cercano. Pero ese es otro tema. El personaje de esta columna no es Cepeda; es el otro puntero de las más recientes encuestas: Abelardo De La Espriella.
Usted se preguntará por qué asocio a un candidato de la ultraderecha con un régimen criminal que el grueso de la opinión pública ubica en las antípodas ideológicas de aquel. Es entonces cuando aparece el empresario barranquillero Álex Saab. Para quienes no lo conocen, o solo lo han oído mencionar de forma marginal, permítanme introducir brevemente a este personaje, que nos dará un hilo del cual tirar.
Álex Saab es un empresario, hijo de inmigrantes libaneses que construyeron empresa en el Caribe colombiano. No obstante, a comienzos de este siglo, el hoy defenestrado ministro de Industria y Producción de la dictadura no era más que un empresario en quiebra, consecuencia del mal estado de los negocios textiles que le legó su padre.
Es allí donde aparece en escena la exsenadora Piedad Córdoba, abierta amiga y aliada del gobierno de Chávez. Córdoba hizo las veces de madrina política de Saab ante ese gobierno corrupto que, ante el bloqueo comercial derivado de sus nexos con estructuras criminales y los múltiples señalamientos en materia de derechos humanos, terminó por convertirlo en el hombre capaz de proveerle a la dictadura ingentes cantidades de dinero, producto de la venta de recursos minero-energéticos y del tráfico de cocaína.
Saab se ganó en poco tiempo el favor de los más altos jerarcas del chavismo, quienes progresivamente le entregaron, para su administración, negocios de índole personal y estatal. Al punto de que fue naturalizado venezolano y se le otorgó un lugar relevante dentro del Ejecutivo nacional.
Era el hombre de confianza de Nicolás Maduro. Hasta que en 2020 fue capturado en Cabo Verde y posteriormente extraditado a los Estados Unidos, donde se cree que estableció un principio de colaboración con agencias estadounidenses para ayudar a esclarecer el enrevesado juego de tronos al interior de la dictadura y sus nexos con el narcotráfico.
De manera paralela a sus procesos judiciales en Estados Unidos, en Colombia también se le abrieron varias causas penales, lo que derivó en requerimientos de la justicia y en gravámenes sobre el dominio de sus lujosas propiedades en Barranquilla. El abogado de Saab en esos procesos ante jueces colombianos fue Abelardo De La Espriella, quien a lo largo de su carrera se ha dedicado a defender personajes altamente cuestionados, como la propia Piedad Córdoba o el estafador David Murcia Guzmán. El factor común entre todos ellos, además de sus conductas criminales, es su enorme riqueza mal habida, de la cual el abogado no ha tenido reparo alguno en beneficiarse para el pago de sus honorarios.
Todo ciudadano tiene derecho a la presunción de inocencia y a ser juzgado con todas las garantías legales, entre ellas contar con un abogado defensor. Y el abogado, a su vez, tiene derecho a ejercer su profesión y a asumir la defensa de quien considere. Lo que genera inquietud en esta historia es que el señor De La Espriella —quien en otros momentos ha sostenido que la profesión del derecho nada tiene que ver con la ética— asuma casos tan mediáticos, con clientes multimillonarios cuyos recursos provienen de actividades ilícitas, y que exista poca o nula trazabilidad sobre el destino de esos honorarios.
A ello se suma que, detrás de la fachada de empresario exitoso, como lo reveló recientemente La Silla Vacía en un arqueo de las cuentas de las empresas asociadas al candidato, no hay más que sociedades insolventes —por no decir quebradas— que no permiten justificar, ni de cerca, la vida de lujos que lleva entre Miami, Italia y Barranquilla.
¿Podrá De La Espriella explicar con claridad el origen enturbiado de sus recursos?
Veremos…
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