Como si no fuera suficiente con la mierda que tenemos que tragarnos a diario, por la boca o por las noticias, en este país la digerimos con una dosis adicional de veneno, que emana de nuestras entrañas y nos carcome: el odio.
El odio tiene dos indicadores fehacientes, que nos permiten diferenciarlo de otras emociones negativas, como la rabia y el rencor, y dimensionar de paso la forma en que nos corroe el carácter: 1) desearle el mal a los demás; y 2) disfrutar más con las desgracias de los otros que con las dichas propias.
Contrario a la creencia general, este tipo de emociones –germen de la venganza, de la violencia y de las guerras– no surgen exclusiva o principalmente de la irracionalidad del ser humano, sino precisamente de nuestra racionalidad; por ello, las terminamos justificando y luego ideologizando. En nuestra manida existencia, parece que los seres humanos preferimos tener la razón que vivir bien.
De ahí que, aunque sea lamentable, no es de extrañar, ahora, que tantos colombianos prefieran que al presidente Petro le vaya mal, con tal de que se cumpla su profecía autorrealizadora del apocalipsis “castrochavista” y que se consuma en una cárcel de Estados Unidos junto a Maduro. Algo similar sucedía con los antiuribistas viscerales, que solo esperaban ansiosos otro “falso positivo” de Uribe, para confirmar su prejuicio paramilitar y no descansar hasta verlo preso. Qué importan las víctimas, con tal de tener razón. ¡Cuánta indolencia, cuánta necedad, cuánta mezquindad!
Y, ¡qué falta de pragmatismo! Se les olvida que un mal gobierno nos afecta, tarde que temprano y en mayor o menor medida, a todos. Prefieren padecer los perjuicios de los errores y horrores de un gobierno, con tal de demostrar la superioridad moral e intelectual con la que han profetizado el apocalipsis al que nos conducirían uno y otro mandatario.
El odio termina cegando el entendimiento. Por eso, los que odian empiezan a alucinar y a ver fantasmas que solo existen en las mentes más retorcidas. Pueden afirmar, categóricamente, que algún gobernante quería llegar al poder solo para acabar con su país o su ciudad. ¿En qué cabeza cabe eso? Es posible, como sucede en muchas ocasiones, que los gobernantes antepongan sus intereses personales a los generales, y como consecuencia de ello, entreguen el país peor de como lo recibieron, pero ahí a que ese fuera su propósito me parece una afirmación delirante.
El odio también nos hace perder perspectiva y repetir la historia, porque la olvidamos. Los mismos que en Colombia hoy celebran la captura ilegal de Maduro por una fuerza extranjera, argumentando que era un dictador y se robó unas elecciones –en lo que están en lo cierto–, condenan enérgicamente que un exguerrillero del M19 sea hoy el presidente de nuestro país, ignorando, adrede o selectivamente, que el M19 surgió, precisamente, del robo de unas elecciones en Colombia. La diferencia estaba en que el cubrimiento mediático del momento era más local y menos espectacular, en que las redes sociales no existían, y, por supuesto, en este país tan conservador, en que no es lo mismo que se las robe la derecha que la izquierda.
De modo que el odio no solo es una “emoción triste”, como, siguiendo a Spinoza, la cataloga Mauricio García Villegas junto a otras emociones afines. Es, ante todo, corrosivo y destructivo.
Las emociones tristes, derivadas, valga la redundancia, de la tristeza, no solo paralizan. A veces estimulan la creatividad y, en otras ocasiones, cumplen una función terapéutica y, por tanto, a la larga positivas para el organismo. Las emociones negativas, por su parte, nos devastan como individuos y como sociedad.
Difiero nuevamente con García Villegas, porque transformar las “emociones tristes” (odio, venganza, resentimiento, envidia, miedo, etc.) y, por ende, el temperamento del país, no será posible mientras no se reconozcan y resuelvan los problemas estructurales que las generan: la desigualdad superlativa, la injusticia social, y la corrupción, males que minan la confianza en los demás y en nuestras instituciones, al tiempo que destruyen el tejido social del país.
En un país donde más que vivir se sobrevive –a múltiples formas de violencia y exclusión–, debemos atender de manera integral estos problemas tan estructurales como profundos, para que la gestión de las emociones no termine siendo un asunto ritual y trivial. De lo contrario, continuaremos destilando odio y resentimiento, que terminan condensados en venganzas, violencias y guerras.
Dicen que las personas y los pueblos nos cansamos de la guerra, pero que la guerra no se cansa de nadie. En Colombia, sin embargo, debe estar ya mamada de nosotros, porque la repetimos sin cesar, dado que poco o nada aprendemos de ella.
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