El caballo del diablo
Trae noticias:
el futuro habita en
los puntos ciegos.
– Verónica Gerber Bicecci
Hay, en estos soporíferos días de enero, un rojo telón propio de David Lynch. Una bruma de incertidumbre que amenaza cualquier empresa o propósito. Una penumbra que va desde los irrefrenables avances de la inteligencia artificial que amenazan con tragarlo todo, una tensión internacional acumulada, una incertidumbre (por no decir paranoia) electoral, entre otras manifestaciones de un futuro improbable, por lo aterrador. Hay, sin embargo, cuatro finales que visito cuando me aterra lo que puede haber detrás del telón.
El primero es el de Maqroll el Gaviero de Álvaro Mutis. “El Gaviero yacía encogido al pie del timón, el cuerpo enjuto, reseco como un montón de raíces castigadas por el sol. Sus ojos, muy abiertos, quedaron fijos en esa nada, inmediata y anónima, en donde hallan los muertos el sosiego que les fuera negado durante su errancia cuando vivos”. Maqroll muere después de su vida improbable, errante e incierta.
El segundo es el de Justine en Melancolía de Lars von Trier. La película, con ese aire profético tan propio del arte y tan lejano a los de los reels de astrología y tarot, parece advertirnos sobre ese súbito fin del mundo. Pero, más allá de esa exagerada profecía, lo que interesa son los dos personajes en los que Lars pone el ojo: Justine y Claire.
Justine, como el Gaviero, asume una fría resignación típica de quien reconoce la banalidad detrás de cualquier decisión, de cualquier esfuerzo por detener lo inevitable. Una resignación que esconde una sabiduría propia de quien ha visto demasiado. Justine encarna este verso de Erika Mora en Detalles mínimos: «Aquel día me enseñó / a mirar en ambos horizontes / antes de cruzar la vida».
Claire, por su parte, se resigna al fin. Me marcó sobremanera su pánico, tan bien representado en su mirada, en sus manos, en sus desvaríos, propios de quien se aferra, como puede, pero en vano, a lo imposible. Justine cierra los ojos y se deja llevar por la corriente, Claire chapucea y muere aterrada.
Por último, aparece Iván Ilich, como bien lo retrata Tolstói. Ilich sufre una enfermedad que lo lleva a la muerte después de tres días de agudo sufrimiento físico y moral. “¡Y ese trabajo muerto, esas preocupaciones por el dinero, así un año, dos, diez, veinte, siempre lo mismo! Y cuanto más avanzaba, más vacío todo. Era como si descendiera constantemente una pendiente mientras imaginaba que subía una montaña. Así fue. Para la opinión pública, ascendía; pero en realidad, la vida se iba escapando de mí… ¡Y ahora todo está listo, morir!”.
Hay en estos cuatro finales una triste, pero útil realidad: la posibilidad de un final infeliz. Creo que eso es lo que más me aterra del futuro que se asoma detrás del telón. De ahí que la visita a estos personajes actúe como una suerte de advertencia y recordatorio de la vitalidad del presente.
Me quedo con lo que dice el Gaviero, reconociendo la irrelevancia de sus esfuerzos e imposibles propósitos: “Es como si en verdad se tratara sólo de hacer ese viaje, recorrer estos parajes, compartir con quienes he conocido aquí la experiencia de la selva y regresar con una provisión de imágenes, voces, vidas, olores y delirios que irán a sumarse a las sombras que me acompañan, sin otro propósito que despejar la insípida madeja del tiempo”.
Así, independientemente de lo que oculte el futuro, prefiero pasar los días apacibles del presente alejando las falsas promesas de felicidad, metas y propósitos que acechan como si de Un mundo feliz de Huxley se tratara. Estos cuatro finales, como unas posibilidades impopulares, me recuerdan dónde encontrar esas escasas láminas de felicidad que fingimos tener repetidas y disponibles para intercambiar.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/martin-posada/