La admiración no anula el conocimiento, y por eso mismo tengo que decir, con lo que admiro a María Corina Machado, que hay varias cosas profundamente mal en la entrega simbólica de la medalla del Premio Nobel a Donald Trump la semana pasada.
María Corina recibió hace apenas un par de semanas el galardón del Comité Nobel por su lucha valiente y sostenida por la democracia y los derechos humanos en Venezuela, méritos que no dan lugar a discusión. Desde ese momento, Trump —con el carácter caprichoso y la necesidad permanente de reconocimiento de un adolescente en plena pataleta— no dejó pasar ocasión para quejarse de no haber sido él el premiado. Según su propia narrativa, no habría nadie más merecedor: afirma haber “acabado con ocho guerras”, una declaración que, viniendo de él, es como casi todo lo que dice, parcial cuando no directamente falsa.
Hay quienes sostienen que precisamente esa decisión —entregar la medalla a María Corina y no a Trump— explica el desplante posterior. El trato frío, distante y humillante que recibió la líder moral de la oposición venezolana no fue casual. Basta recordar su marginación pública tras el operativo que permitió la captura de Nicolás Maduro, un hecho real y políticamente decisivo, frente al cual Trump optó por el silencio incómodo y la ambigüedad calculada. Y conviene no olvidar algo aún más grave: Trump ya ha pactado abiertamente con el chavismo, aceptando fórmulas de cogobierno de facto sobre territorio y recursos venezolanos. Nada de esto es ingenuo; todo es político.
María Corina fue recibida en la Casa Blanca por la puerta de atrás, casi de forma clandestina. Allí, en un gesto que pretende ser magnánimo pero termina siendo inquietante, le entregó su medalla a un hombre que no ha hecho mérito alguno para recibirla. El mensaje es perverso. No solo por la actitud sumisa frente a una canallada que la ofende a ella y a la causa democrática venezolana, sino por concederle ese símbolo a alguien que representa una amenaza real para la paz y la estabilidad mundial.
A la salida de la Casa Blanca, María Corina contó una anécdota histórica: la entrega de una medalla del general Lafayette a Simón Bolívar, sugiriendo un paralelismo entre aquel gesto y el que acababa de protagonizar. La comparación, sin embargo, no se sostiene.
Lafayette no fue un oportunista ni un espectador cómodo de la historia. Fue un aristócrata que renunció a privilegios para luchar por la libertad en dos continentes, que arriesgó su fortuna, su prestigio y su vida por ideales republicanos cuando hacerlo no daba votos ni aplausos. Fue coherente entre discurso y acción, entre principios y conducta. Encarnó, con todas sus contradicciones, una apuesta genuina por la emancipación, el constitucionalismo y la dignidad política.
Trump es otra cosa. No es un libertador fallido ni un demócrata imperfecto: es un matón con poder. Su trayectoria está marcada por el desprecio a las instituciones, la fascinación por los autoritarismos, la mentira sistemática y el uso del poder como negocio personal. Donde Lafayette veía ciudadanos, Trump ve súbditos; donde uno defendía leyes, el otro las tuerce; donde uno apostaba por la libertad, el otro negocia con ella.
Del general a el inquilino de la Casa Blanca hay un abismo moral, histórico y político. Confundirlos no es solo un error retórico: es una señal peligrosa de cómo los símbolos pueden vaciarse de contenido cuando se entregan sin criterio. Admirar una causa no implica rendirle pleitesía a cualquiera que diga apoyarla. Y, a veces, el gesto más digno no es el que se hace, sino el que se evita.
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