Dios mío, ¡qué hiciste, maestra Beatriz!

Cuando entré a esa sala, el vacío se entró en mí. Era una tristeza intocable que se anidaba adentro y que me obligaba, sin embargo, a seguir mirando a las paredes, a las tumbas amarillas, a los cargueros que llevaban un muerto. No era que me sintiera atrapada, era la necesidad de mirar, de sentir un dolor ajeno, de buscar mi dolor para conectarme. Había, además, tanto silencio junto, que me alegró ser la única en la sala, que nadie nos interrumpiera —a la tristeza, al silencio y al vacío.

A Posteriori, esa fue la obra que me hizo sentir tanto esa tarde en Fragmentos, el espacio de arte y memoria que está en Bogotá, y que hacía parte de una exposición llamada Bruma, de la maestra Beatriz González. Más tarde la llamé para entrevistarla. Le dije que había sentido agobio, mareo y unas tremendas ganas de llorar en toda la exposición, pero sobre todo en esa sala. La maestra dijo que a ella también le había pasado. Dijo: “Es una sensación muy fuerte, por más que había visto el proceso me pasó igual. Uno queda ahí obnubilado, es muy extraño. Creo que es un proceso producido por el cerebro, uno queda agobiado ante la cantidad de imágenes repetidas, y produce algo en la mente, tiene que ser. Realmente no es la primera persona que me cuenta eso. Me gusta contar sobre la frase de una señora de Nueva York que estaba arreglando una lamparita, estaba con un atornillador y se fue la luz de la lámpara y la luz de todo Nueva York. Esa señora pensó que había sido ella y dijo, Dios mío, qué hice. Tuve la sensación de esa frase de la señora, Dios mío, qué hice”.

(La entrevista completa, publicada en noviembre de 2022, puede leerse en Generación, de El Colombiano, aquí).

Claro que había hecho algo, que creo que fue lo que hizo durante toda su carrera: hacernos sentir el dolor. Poner su mirada sobre historias violentas de este país. Decir, recordarnos: esto ha pasado. La maestra Beatriz fue una voz crítica, una voz que se alzó contra el silencio.

En esa llamada también le pregunté si lo que ella había hecho siempre era que el arte produjera algo. Dijo: “Sí… Hay una diferencia porque el arte muchas veces produce sensaciones, pero hay que ir más allá y producir sentimientos, sentimientos de angustia, de dolor, de pasión… El arte no busca remedios, porque un artista no puede hacer nada, fuera de hacer su obra. El arte es más que una lección, es producir algo en el alma de la persona que lo está contemplando”.

Ahora que la maestra se fue, he recordado eso de producir algo en el alma. He recordado lo que me produjo A Posteriori, lo que se sembró en mí, y es esto: la necesidad de que el dolor de la violencia, en un país como el nuestro, sea parte de la consciencia colectiva. Necesitamos no olvidar lo que ha pasado, todos los muertos, los desaparecidos, los desplazados, todos aquellos a los que la vida les ha cambiado por la guerra. Todos los que hemos perdido un pedazo de nosotros.

Porque es más fácil olvidar. Es más fácil negar, decir que eso no pasó, que está lejos, que es de otros, que no estamos en guerra, que son unos grupos ahí, terroristas. Es más fácil negar las víctimas, las cifras, los dolores y evitar las complejidades de un conflicto que lleva toda la vida, pese a las mutaciones, y todos los intereses que hay de por medio.

Eso también nos lo ha enseñado esta sociedad en la que vivimos: el egoísmo de no mirar el dolor ajeno —para empezar, pero los problemas de otros, la pobreza de otros. Como si fuéramos dos países, o tres, o cuarenta.

Quizá por eso es que la maestra Beatriz González fue y es tan importante, y por lo que hay que recordarla: por ayudar a decir lo indecible. Por hacernos sentir. Por esto hay que empezar: a sentir lo que otros han sentido y lograr una empatía que nos haga querer un cambio. Que ojalá los artistas de este país sigamos el ejemplo de la maestra, porque el arte no está para dar lecciones ni para ser útil, pero sí para decir, para mostrar, para crear sentimientos, como dijo ella, para que entonces haya que pensar que apagamos la luz de todo un país y que salga, de pronto, ¡Dios mío, qué hice!

Sentir es fundamental en estos tiempos en que tenemos que elegir nuevo gobernante: elegir a alguien que esté dispuesto a mirar en las profundidades de este país, de sus dolores, de sus problemas sociales, de los vacíos que tenemos dentro, y hacer.

Tanto nos deja la maestra Beatriz: una obra entera que nos retrata. Una obra para no olvidar (la).

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/monica-quintero/

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