Los políticos han perfeccionado un arte ancestral: el de la ilusión. Con palabras que parecen fórmulas mágicas, logran que lo falso se vea verdadero y que lo verdadero se desvanezca ante los ojos del ciudadano común. En ese ejercicio, no necesitan varitas ni sombreros de copa; basta un discurso bien ensayado para hacer desaparecer responsabilidades, convertir derrotas en victorias o transformar promesas incumplidas en gestas épicas.
Como buenos magos, cada uno cultiva un estilo propio, inconfundible y seductor. Así, Abelardo de la Espriella se presenta como un ilusionista dispuesto a hacer desaparecer a cualquiera que no esté “firme con la patria”. A su vez, Vicky Dávila presume su formación de contorsionista, acomodándose con destreza en escenarios incómodos para su versión de periodista. En contraste, Sergio Fajardo, mejor conocido como “el encantador”, no por su capacidad de control, sino por su transparencia, termina -paradójicamente- siendo invisible en la arena electoral.
El país fue testigo del clásico truco ejecutado por el Houdini colombiano, Álvaro Uribe, el cual hizo aparecer una paloma en plena antesala electoral. Sin embargo, el acto quedó mal ejecutado, pues la Paloma Valencia, según las recientes encuestas, no logra levantar vuelo. Pero no hay de qué preocuparse, porque el uribismo siempre tiene un as bajo la manga: hipnosis colectivas, jaulas estratégicas o desapariciones oportunas, todo un kit de hechizos a disposición del partido y del mago supremo.
Conviene recordar que no todos los magos son benévolos. Algunos han sido degradados a brujos por sus conjuros revolucionarios y declarados indeseables. En ese registro se ubica el caso del presidente Petro. Impulsado por buenas intenciones, sus hechizos terminaron empeorándolo todo, como un milagro mal logrado. De ahí que su candidato, Iván Cepeda, heredara la mala fama, aunque las encuestas lo muestran como una opción, persiste la duda de si su magia -a diferencia de la de su maestro- será realmente blanca.
Esta lógica de los encantamientos no se limita al escenario político nacional. En el plano internacional, tras la demostración de poder de Trump: el “Voldemort estadounidense”, frente al brujo venezolano Maduro, dejó claro que cualquier hechizo que se ejecute por parte de la izquierda, será erradicado, así que, una delegación de magos anuncia un aquelarre para contener los hechizos del petrismo. No obstante, hasta ahora esos conjuros parecen haberse invertido, como si la oposición se hubiese protegido con un baño de las siete hierbas o con un contrahechizo militar, reminiscente de la vieja táctica de la “contraguerrilla”.
Frente a este espectáculo, por fortuna, los ciudadanos parecen cada vez menos dispuestos a dejarse engañar. Más desencantados y alertas, ya no aceptarán que les metan paloma por tigre, ni jaguar por liebre. En consecuencia, muchos, decepcionados, optarán por el centro en busca de una recuperación mínima de la decencia. Aun así, conviene no olvidar que, en política -como en la magia-, pocas cosas son lo que parecen.
En definitiva, algo tienen los candidatos presidenciales que los vuelve “mágicos”: su habilidad para desaparecer responsabilidades, ilusionar electores y convertir la política en espectáculo. Quedan aún algunos meses para leer con atención las propuestas, contrastarlas, conversar sobre ellas y escuchar a quien piensa distinto. Solo así, mediante la activa participación de ciudadanos informados y críticos, la democracia puede sostenerse sin recurrir a los viejos trucos de la política.
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