Venezuela se ha convertido en una obsesión, lo confieso. Hay amigos que ya, en tono jocoso, me preguntan si no tengo otro tema para mis columnas. Y es que van poco más de dos años desde que María Corina Machado ganó las elecciones primarias de la oposición venezolana, en octubre de 2023, y desde entonces el país se volvió un asunto recurrente en esta tribuna. Venezuela es, para mí, la historia política más trágica y, al mismo tiempo, más fascinante de nuestra América Latina en este siglo. Desde los años de apogeo de Chávez, pasando por su muerte y el posterior declive de la revolución bolivariana en cabeza de Nicolás Maduro, ha captado mi interés y ha sido fuente de preguntas que han marcado mi formación política.
Por ese vínculo, que me ata emocionalmente a esa historia, recibí con una mezcla de alegría y estupor la noticia de los bombardeos sobre Caracas en la madrugada del tres de enero. Desde entonces no me he despegado de las noticias: un scroll infinito de actualizaciones y consultas permanentes en diversos medios nacionales e internacionales. Sin embargo, la euforia de las primeras horas, que hacía pensar que el régimen se venía a pique, fue transformándose en una incertidumbre que persiste hasta hoy. Y es que, con la caída de Maduro, no asistimos a una restauración de la democracia en el país vecino, ni a la puesta en marcha de un gobierno legítimo encabezado por el presidente electo Edmundo González Urrutia y María Corina Machado. Más bien, presenciamos una cohabitación entre quien ostenta el control militar —con el aval de Trump— y quienes le garantizan estabilidad a esos intereses: Delcy y Jorge Rodríguez.
La captura de Maduro resulta demasiado perfecta y cinematográfica como para pensar, ingenuamente, que responde a un intento genuino del gobierno de Trump por restablecer la democracia y capturar a un capo del narcotráfico. Lo que hoy podemos intuir de todo este tinglado es que la caída del jefe de la dictadura fue pactada con clanes al interior del chavismo, que es más un conjunto de facciones que un cuerpo uniforme y cohesionado. La facilidad con la que fue capturado Maduro, la posterior asunción de Delcy Rodríguez y la cooperación activa con Marco Rubio para satisfacer los intereses de Trump en materia minero-energética confirman que Delcy es la elegida para liderar una transición títere que, más que democracia, maquilla los verdaderos intereses colonialistas del condenado magnate norteamericano que hoy ocupa el Despacho Oval.
Coincido en que no había una salida distinta a la militar y me alegra ver a Maduro tras las rejas, pero condeno enérgicamente la complacencia con el chavismo que, salvo Maduro, permanece intacto. Los sanguinarios criminales Cabello y Padrino siguen sueltos; los Rodríguez controlan ahora el poder a sus anchas, y el mafioso Saab continúa enriqueciéndose. La enfermedad persiste, aunque con otros síntomas.
La consigna es clara y perentoria: el presidente electo González Urrutia es el único investido de legalidad y legitimidad para asumir el cargo, y la comunidad internacional debe respaldar y consolidar el tránsito venezolano hacia la democracia. Lo que no es tolerable es el teatro de encarcelar a un criminal mientras se coexiste con el régimen y, de manera solapada, se pone en marcha un plan de saqueo de la riqueza o una repartija de esta entre las potencias ya usurpadoras.
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