Discúlpenme que me repita, pero me parece que hay que hacerlo, que hay que decirlo de nuevo. O que debo hacerlo. Porque alguien, en alguna parte, escribirá algo para decirnos que este año que ya casi se acaba es el mejor que ha vivido la humanidad en toda su historia.
Y lo dirá con datos de esos que, les gusta decir a los que viven de los datos, matarán cualquier otro relato. Pero que no son más que frías estadísticas que enmascaran la desigualdad, que ha sido el sello de esto que llamamos humanidad y que no es otra cosa que sálvese quien tenga con qué hacerlo.
Vuelvo a decir, entonces, como hace un año, que conozco esas cifras porque las he leído ya. Pero no se me olvida que el Reloj del fin del mundo está a 89 segundos de la medianoche. El lapso más corto desde sus primeras mediciones a mediados del siglo XX.
También tengo otros datos. Por ejemplo, que en 2025 la mortalidad infantil volvió a subir por primera vez en 25 años. Así que a los niños bombardeados aquí y allá, se les suman los que dejaron de recibir atención médica necesaria y pasamos de 4.6 millones de niños menores de cinco años muertos en 2024 (que no es poca esa cifra) a 4.8 millones. Y que cada vez más personas dejan de vacunarse con argumentos peregrinos que solo fortalecen enfermedades que estuvimos cerca de erradicar.
Alguien nos contará que el Banco Mundial, tras revisar sus proyecciones, señaló que habrá «una modesta disminución de la tasa mundial de pobreza extrema, del 10,5 % en 2022 al 9,9 % en 2025». Pero quizá pase por alto que eso significa que hay 1.100 millones de seres humanos que viven en pobreza multidimensional y que a 887 millones de ellos los acosan las amenazas climáticas: las temperaturas elevadas de este mundo que hierve poco a poco, las inundaciones que ahogan y llegan para reemplazar las sequías que hambrean, y la contaminación atmosférica que llena de porquerías el oxígeno que respiramos.
Y cuando hablen de agua potable será bueno recordar que mientras 2.200 millones de personas no tienen acceso a ella, se estima que para 2027 mantener refrigerados los servidores de Google, Microsoft y Meta, entre otras empresas, se necesitará más agua que la que demanda toda Dinamarca actualmente.
Dudo que este sea un buen año para nuestra especie que parece condenada a la violencia, porque siguen pululando los reaccionarios y los que amenazan, bajo los aplausos de no pocas personas, con destripar a los contrarios. Y porque hay quienes, parapetados en sus privilegios y prejuicios, destilan rabia e insultos, pero creen que lo de ellos no es violencia sino justicia.
Para aplacar mi pesimismo y desesperanza me refugio en las artes, en la belleza, en la solidaridad que claro que existe, pero que no es suficiente y siempre está amenazada. Y aún así, como ateo que soy, cuando algún sorprendido me pregunta que en qué creo, siempre respondo lo mismo: en el amor.
Por eso extiendo el mismo deseo que tuve para en 2025 para el venidero 2026. Cuento de nuevo, que es de una canción de Joan Manuel Serrat, Seria fantastic, que dice así:
«Seria tot un detall, / tot un símptoma d’urbanitat, / que no perdessin sempre els mateixos / i que heretessin els desheretats».
Sería todo un detalle, todo un síntoma de urbanidad, que no perdieran siempre los mismos y que heredasen los desheredados.
Y de nuevo pido lo mismo: que ojalá ocurra.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/mario-duque/