Interludio

Hay días que pasan sin dejar rastro y otros en los que una sola escena revela el tipo de mundo que estamos construyendo. La noche del siete de diciembre, mientras el país encendía miles de velas para pedir salud, trabajo y prosperidad, pensé en cómo estos rituales intentan darle sentido al paso del tiempo, a esos días que, uno tras otro, son la vida.

Era la vieja imagen de la humanidad reunida alrededor del fuego, cuando la luz significaba cobijo y pertenencia. Y, aun así, mientras ese resplandor parecía abarcarlo todo, algunos seguían fuera del círculo, porque los mismos guardianes del orden son quienes los empujaron a vivir en el borde. Y fue precisamente ese borde -tan fácil de ignorar por estos días- el que apareció sin matices cuando, en una reconocida panadería de Bogotá, escuché a una mujer decirle a un reciclador que hacía fila para pagar algo de comer: “No estorbe, negro tenía que ser”. No era un chiste; era un recordatorio de que, incluso en la noche consagrada a la “madre de Dios”, hay cuerpos que la sociedad sigue considerando intolerables, como si ni siquiera bajo el amparo de la Virgen tuvieran derecho a un lugar pleno en la misma vida que celebramos.

Los vigilantes del establecimiento se rieron mientras obligaban al hombre, que se protegía del frío con una ruana, a entregar lo que había comprado con su propio dinero. Lo revisaron como si su sola presencia ensuciara la estética navideña del lugar, demasiado pulida para admitir grietas. No les incomodaba su olor, ni su ropa: les incomodaba lo que representaba. Aporofobia sin filtros que ni miles de velitas pudieron disimular.

El hombre salió del lugar con la mirada hundida, cargando esa fatiga silenciosa que solo conocen quienes han sido empujados al margen demasiadas veces. Ya no tenía la comida por la que había pagado; tampoco el dinero, arrebatado por el personal de seguridad. Afuera, en una acera, se sentó y cerró los ojos unos segundos. Luego sacó un cuaderno de uno de sus bolsillos y ubicándose en la entrada empezó a leer en voz alta, no como quien se lamenta, sino como quien se recuerda a sí mismo que todavía existe:

“Existo, aunque me quieran desaparecer con sus miradas. Soy como ustedes, aunque no me parezca a ustedes. Pobre es quien no mira con humildad al prójimo… Será hoy o mañana la fortuna de quien abandona lo mundano. Los perdono por lo que me hicieron:  yo también he cometido errores. Mi alma sigue viva, aunque mi cuerpo diga lo contrario. Vivan para que no mueran”.

Me acerqué entonces, con la vergüenza de no haber detenido la agresión que acababa de presenciar y conmovido por su respuesta, que me devolvía la fe en la humanidad. Le ofrecí un café caliente y un pan, y conversamos unos minutos. Supe que se llamaba Bayron, tiene 68 años, nació en Cali y, desde hace tres décadas, ha viajado por todo el país buscando fortuna. Es técnico en electrónica; sin embargo, asegura que una recaída en las drogas lo obligó a quedarse en la ciudad, trabajando en las calles como reciclador y pidiendo colaboración a las personas de buen corazón para poder comer. Su nombre, cercano al del poeta inglés, no le debe nada al romanticismo: no busca ser un Don Juan ni un héroe trágico. Solo quiere seguir siendo un hombre útil en el mundo.

Me contó que ha vivido en casi todas las ciudades de Colombia y que, a través de la escritura, aprendió a controlar la rabia que antes lo llevaba a cometer errores. Dice que desde que lo hace, le suceden cosas buenas que lo ayudan a atravesar los días, esos que, como decía el poeta nariñense Aurelio Arturo: “unos tras otros son la vida”. No profundicé en lo ocurrido; él tampoco lo hizo. Agradeció el gesto y, con humor, dijo estar orgulloso de ser negro porque “ese color combina con todo… menos con los chistes racistas”.

Alrededor de aquel lugar, las velitas agonizaban, las familias sonreían para las cámaras y la música intentaba disfrazar la realidad. Pensé en los otros que, como Bayron, viven al margen del mundo feliz de la navidad: habitantes de calle, enfermos, animales abandonados, todos los que desentonan con la fantasía colectiva. Sin duda, hay días que pasan sin dejar rastro y otros en los que una sola escena revela el tipo de mundo que estamos construyendo…

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-carlos-ramirez/

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