El río y la vida

“Mi cometido en esta vida es caer de rodillas de admiración ante las cosas que la gente ni siquiera mira”.

El mejor libro del mundo. Manuel Vilas.

Pasé esta semana junto al río La Miel, en plena selva del Magdalena Medio en Colombia. El hotel, de cabañas en guadua sin puertas ni ventanas, está en una reserva, a la orilla del río, muy cerca de la desembocadura del río Manso en La Miel, en donde sus colores se diferencian y se funden. A lo largo del día pasan canoas de motor pequeño, río abajo y río arriba. En esas mismas canoas recorre uno los dos ríos, sus cañones descomunales entre rocas que son las esculturas más bellas del universo y entre una vegetación exuberante y sonora que se mete al centro del cuerpo y hiere.

Vi nutrias, tucanes, monos aulladores rojos de colmillos enormes y colas todopoderosas que me miraban a los ojos con una curiosidad mayor que la mía. Vi un nido de colibrí diminuto, hecho alrededor de uno solo de los hilos de una hoja de palma, con huevos más pequeños que una uña y la colita del colibrí asomada. Vi enredaderas de flores infinitas descolgándose por las guaduas y abriendo flores multiplicadas cada mañana, tapizando el suelo de lila o blanco al amanecer. Corrí sobre ese tapete de flores por las mañanas. Vi agua cristalina sobre piedras que parecían huevos de oro y plata y bronce y el sol brillando en ellas, como gritándole a uno que no se podía ir. Oí rugir a los monos al amanecer y los vi saltar entre ramas con sus bebés sobre el lomo. Conocí al abuelo, una ceiba bonga de 450 años y 48 metros de altura con raíces y tronco como patas de elefante. Vi una valla en una carretera destapada cruzando potreros espléndidos que decía “niños en la vía” y la imagen eran seis vaquitas. Vi una perra pelo de alambre con ojos miel como el río, que se llamaba Tita y recibía amor en silencio. Y un perro diminuto que paseaba en canoa y se asomaba y se bajaba en las playas del río a explorar como si fuera la primera vez, para volver extenuado a la barca y cerrar los ojos al sol. Vi el agua cristalina tornarse roja al atardecer, no por el sol, sino por la minería.

Conviví con tres niños enormes que viven junto al río. La niña se llama Dariana, tiene seis años, una sonrisa que hace de sus ojos y su boca una misma cosa y un pelo liso y largo que cada día tiene un peinado elaborado. Canoa es una de las palabras principales de su vocabulario. Una tarde su papá pescó dos doradas y ella me dijo: cogió dos y somos cuatro: mi papá, Larry, Daniela y yo. Le pregunté: ¿quién es Daniela? Me dijo: “la esposa de mi papá. Ella es la que me hace los peinaditos”. Supe que esos peinaditos no puede hacérselos sin amor. Otro se llama Emanuel, tiene cuatro años y remplaza la C por la T. Todo le parece hermoso y delicioso. La bañada en el río es una delicia. El milo está delicioso. Tita es hermosa. El nido de colibrí es hermoso. Juan José, que es el tercer niño y tiene seis años, le contó que a él lo habían picado dos o tres abejas en la vida, y Emanuel le respondió: “¿Dos o tres abejas? ¡Taramba!” Juan José es como un papá diminuto, de una dulzura y una seriedad paralizantes. Le prestamos los binóculos, miró la selva en la que vive y dijo: “¡wowww, todo se ve enormeee!” Cuando le pregunté por su primito Emanuel me respondió sagaz: chistosito, ¿no?

Esta columna la escribí en una nota del celular, sin revisiones ni reescrituras, unos minutos antes del límite de envío, para no cerrar el año sin hablar de esta belleza que me acaba de estallar por dentro y sin el dolor del hecho de que abro mis redes sociales y veo a los niños de Gaza –y a los viejos y a los burros y a los gatos y los perros– durmiendo envueltos en bolsas plásticas en carpas inundadas por la lluvia sobre suelos de pantano, con sus heridas internas y externas y su hambre sin remedio.

Este es el mundo. Felices fiestas.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/catalina-franco-r/

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