En uno de los apartes del último informe de La Encuesta Mundial de Valores para Colombia, realizada por Comfama, Sura e Invamer hay un título muy llamativo: “La confianza: un valor escaso en Colombia”. Efectivamente, Colombia se ha caracterizado por bajos niveles de confianza, pero antes que mejorar, estamos retrocediendo. En 1989, cuando se hizo la primera medición, un 10% de los encuestados dijo que se podía confiar en la gente, mientras que en 2025 esa cifra bajó a tan sólo un 4%. El año de mayor confianza fue el 2005 con un 14%. Confían menos las mujeres, las personas que habitan viviendas en estratos 3 y 4, los jóvenes y la gente de Antioquia y el eje cafetero
En 2007 participé en una investigación para medir el capital social en Medellín, entendido como confianza (cognitivo) y el estructural medido como pertenencia a organizaciones de distinta naturaleza y redes de cooperación. En aquel momento obtuvimos resultados cercanos a los de la medición nacional en 2005; frente a la pregunta de si se podía confiar en la mayoría de la gente, un 18% manifestó que si se podía confiar.
En general, los colombianos tendemos a ser desconfiados y esto termina afectando las relaciones en un amplio marco de interacciones. De acuerdo con investigaciones que sustentan la importancia de la confianza, bajos niveles de ésta terminan afectando el crecimiento económico (menos disposición a realizar transacciones y acuerdos económicos), menor eficiencia judicial (más conflictos que pueden terminar saturando al sistema), aumento de la corrupción, reducción en la inversión en capital humano, así como efectos en el bienestar individual, ya sea a través de la reducción de la satisfacción con la vida o a través de más altas tasas de suicidio.
Así las cosas, la reflexión que debemos estar emprendiendo como sociedad es qué hay detrás de esa enorme desconfianza que atraviesa espacios, personas, organizaciones e instituciones y que están reduciendo oportunidades de progreso social e individual.
Por ejemplo, pese a que un 99% de los encuestados dijo que la familia es muy o bastante importante para ellos, baja a un 67% quienes dijeron que “confía mucho” en ella, evidenciando una brecha relevante entre la importancia que le dan, pero la confianza expresada para casi uno de cada cuatro colombianos.
Llama la atención que, respecto a personas de otra nacionalidad, en Antioquia y Eje Cafetero es donde menos se confía con un 26 %, en contraste con Bogotá que es donde más confían llegando a un 39%. Medellín vive un proceso de transformación alrededor del turismo internacional, y este dato obliga a pensar en los impactos -negativos o positivos- de seguir promoviendo esta actividad económica sin acciones que dirijan esa vocación a apalancar una visión compartida de lo que somos como ciudad y lo que queremos ofrecer desde una proyección que supere los estigmas del pasado.
Se mantiene otro resultado muy preocupante para la salud de nuestra democracia y es la baja confianza en el Congreso de la República y los partidos políticos. La consecuencia lógica de lo anterior, es la alta abstención para las votaciones del congreso. Si la gente no confía en quienes son los encargados de diseñar las leyes que nos rigen, pierde el interés no solo en votar sino en pedir cuentas a los congresistas sobre su desempeño. Leí recientemente en una columna de opinión que a la poca gente que vota hasta se le olvida por quién votó. Esto conduce a unos perversos incentivos en los que los senadores y representantes, en su mayoría, terminan haciendo un trabajo mediocre, reproduciendo un círculo vicioso de baja confianza institucional y bajo desempeño. Esta es una de las razones por la cuales las grandes reformas que requiere el país no cuajan pese a su imperiosa necesidad.
En cuanto a los partidos políticos, se han multiplicado en los últimos años, diseminando los principios ideológicos sobre los cuales deben sustentarse. La gente no entiende efectivamente por qué ideas está votando, y termina soslayando el partido y votando más por personas que por ideas. Es allí donde emergen los caudillismos. El informe propone unas reflexiones individuales finales en el caso de la confianza: ¿Cumplo lo que prometo? Es una de ellas.
Creo que podemos trasladar preguntas también a los políticos y a los ciudadanos en su dimensión política: al político ¿cumples las promesas que haces cuando estás en campaña? A los ciudadanos ¿Pides cuentas al político por el cuál votas y replanteas tu siguiente voto de acuerdo con el resultado? En los negocios ¿cuál es la cultura que practicas? ¿la del avispado o la del honrado? Con vecinos, amigos y familia ¿Cultivas relaciones basadas en el respeto, la reciprocidad y la solidaridad? Parecen preguntas sencillas, pero esconden la complejidad de nuestras relaciones y una buena parte de la explicación de porque no confiamos lo suficiente.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/piedad-restrepo/