Las formas de la violencia en Colombia son absurdas. Llegan sin avisar, se mezclan con la rutina y, a veces, parecen sacadas de una novela de humor negro. Lo comprobé a media cuadra de mi casa: un hombre con gorro rojo me encañonó por la espalda con algo que podía ser una pistola, la punta de un palo… o su dedo índice. -Entrégueme el celular o no come natilla este año -dijo. No era broma, era un ultimátum. Entregué el celular. Supe priorizar.
Volví a casa agradeciendo que dicho suceso no pasó a mayores. Adentro, mi familia armaba el pesebre y discutía sobre el Niño Dios y un par de reyes que llevaban desaparecidos desde hacía un año. Les conté lo ocurrido y la preocupación se mezcló con esa risa nerviosa que aparece cuando reconocemos lo disparatado de la situación.
Para despejarme, salí a caminar. Pasé por un centro comercial donde muchas personas admiraban el árbol iluminado, cuando de repente escuché gritos: un Santa Claus discutía con una vendedora ambulante por la “esquina más visible”. El traje rojo no suavizaba su carácter: insultaba, gesticulaba y amenazaba con sacarla a la fuerza. La mujer, resignada, movió su carrito de dulces, aunque ese era su lugar habitual desde hacía años. Minutos después, algunos niños y sus cuidadores se acercaron a abrazar al Papá Noel y a tomarse fotos. Lo ilógico y lo cotidiano convivían en la misma escena, como un acto de equilibrio imposible.
Continué hacia un parque cercano, buscando respiro, pero duró poco. Dos policías requisaban a un joven que vendía buñuelos en una canasta. Me acerqué y escuché a uno de los agentes decir, con tono burlón: estos buñuelos huelen a marihuana. Seguí caminando, imaginando a familias enteras comiendo esos buñuelos y viendo al Niño Dios como si fuera un capítulo surrealista de La Dimensión Desconocida versión criolla.
Esa noche, mientras mi familia le daba la bienvenida a diciembre, pensé en el ladrón, en el Santa iracundo, en la vendedora amenazada, en los buñuelos alterados. Me impresionó la facilidad con que la violencia se camufla en lo absurdo, hasta el punto de normalizarla. Lo que debería indignarnos se vuelve chascarrillo; lo que debería preocuparnos se transforma en folklore; lo que debería empujarnos a exigir justicia termina en anécdota para el 28 de diciembre.
Las palabras del hombre que me robó el celular me siguen retumbando: “Entrégueme el celular o no come natilla este año”, agradecí que la amenaza, tan brutal como risible, se quedara en postre, porque no quiero imaginar el escenario en el que, en vez de natilla, me hubieran obligado a elegir entre una sopa de remolacha y la vida.
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