En Colombia hablamos mucho de valentía política. La imaginamos como un gesto de fuerza, una demostración de que alguien “tiene con qué”. Pero en estos tiempos turbios, donde el ruido sustituye al argumento y la agresión hace las veces de proyecto, vale la pena recordar que la valentía no siempre ruge; a veces simplemente respira hondo y actúa con decencia.
En sus recientes videos, Sergio Fajardo insiste en que ser valiente es ser decente. Y aunque la frase puede sonar sencilla, contiene una provocación profunda para el momento político que vivimos: ¿cuándo dejamos de asociar la política con la decencia? ¿En qué punto la trampa se volvió ingenio, la arrogancia liderazgo y la humillación estrategia?
Los precandidatos presidenciales harían bien en detenerse un instante y escuchar esas inquietudes. La ciudadanía está cansada de la política hecha desde el miedo y la rabia. No solo exige resultados: exige formas. Pide que quienes aspiran a representarla recuperen un mínimo de delicadeza democrática, una vocación de servicio que no pase por encima de la dignidad de nadie.
La decencia en la política también es reconocer que nadie se salva solo, que gobernar implica cuidar. En Colombia, donde las heridas sociales siguen abiertas y la esperanza se desgasta, esa idea no es un lujo: es una necesidad ética.
El ejercicio para cada uno de quienes vamos a votar es preguntarnos, sobre los candidatos, qué tipo de política encarnan: ¿la que azuza resentimientos o la que construye confianza? ¿La que convierte al adversario en enemigo o la que cree en disputar sin destruir? ¿La que se alimenta del miedo o la que ofrece alegría?
Sí, alegría. Porque la política también es eso: una invitación a imaginar un país posible, una celebración de lo que somos capaces de hacer juntos. Colombia necesita líderes que devuelvan la esperanza, sin cinismo y con altura.
Ser valiente es ser decente. Y, en este momento, la verdadera valentía será la de quienes se atrevan a hacer política desde el amor, no desde la furia; quienes entiendan que la dignidad no es un eslogan, sino una forma de estar en el mundo; quienes sepan que el poder no se toma, sino que se cuida.
Y como en diciembre se nos alborota la ilusión, deseo para todos —candidatos y electores— campañas basadas en la verdad, la serenidad y la alegría.
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