Frustración

Para escuchar leyendo: Otra vez, Pala.

A veces pienso que la vida es un estribillo obstinado. Uno que se repite sin pedir permiso, como en esa canción de Pala donde todo vuelve a empezar otra vez, incluso lo que juramos haber aprendido. El fracaso funciona igual: una melodía que regresa cuando creíamos haberla superado, una visita incómoda que toca la puerta justo cuando estamos más ocupados manteniendo la compostura.

Hemos convertido el fracaso en un delito silencioso. No se denuncia, no se menciona, no se exhibe: simplemente se esconde, como si cada error fuera una grieta en la fachada que estamos obligados a mantener impecable. Vivimos en una cultura que adora la narrativa del éxito súbito, del talento innato y del mérito como dogma. Lo demás —las dudas, los intentos fallidos, las torpezas inevitables— debe quedar fuera de la foto. Al final, no tememos al fracaso mismo, sino a la mirada ajena que lo interpreta como una sentencia moral.

Esa visión obsesiva por “tener resultados” ha moldeado incluso la forma en que recordamos. Las trayectorias se reescriben como líneas rectas, sin desvíos, sin noches de angustia, sin puertas cerradas. Contamos la historia desde la cima porque el ascenso real —lento, torpe, contradictorio— parece impropio, casi vergonzoso. Pero nada crece sin romperse un poco: ni las ideas, ni los proyectos, ni las personas.

En esta cultura donde el éxito es un monumento y el error una falta de valor, el fracaso se esconde como un objeto vergonzoso. Nos entrenaron para ser vitrinas, no procesos. Para narrar ascensos impecables, no caminos hechos de dudas, torpezas y retrocesos. Sin embargo, cuando suena Pala y su inventario de recaídas, algo se afloja: uno se reconoce en ese tono de resignación tierna, en esa enumeración de intentos que vuelven a empezar. Nadie canta el fracaso como quien lo abraza; Pala lo canta como quien lo entiende. Sobre todo, en estos días, en los que sudar la camisa del 10 duele como la muerte de quien mejor la supo llevar.

Quizá por eso la canción funciona como un espejo. Es imposible no pensar en todas las veces que juramos que esta sí era la última caída, el último error, la última oportunidad desperdiciada. Y sin embargo la vida, con su humor torcido, persiste: otra vez, susurra, y nos obliga a revisarnos.

Lo curioso es que el fracaso, cuando deja de ser clandestino, cambia de textura. No es tragedia sino tránsito. No es sentencia sino parte del recorrido. Pero ese descubrimiento llega tarde, porque pocos hablan de él sin excusas o sin intentar convertirlo en un triunfo disfrazado. La gente confiesa éxitos; los fracasos los murmura. Mientras tanto, las redes sociales afinan su propio estribillo: publicar solo lo que encaja, solo lo que brilla, solo lo que no necesita explicación. Cualquier tropezón queda fuera del plano, editado con precisión quirúrgica.

Y entonces ocurre lo inevitable: comparamos nuestro caos con la armonía ajena. Pedimos silencio para nuestras dudas, pero exigimos perfección de nosotros mismos. La canción insiste: otra vez, y en cada repetición se filtra una verdad incómoda. Nadie sale ileso. Nadie domina del todo. Nadie se salva del tropiezo.

Tal vez por eso el fracaso debería narrarse más, casi como una crónica íntima. Contar lo que no salió bien, sin dramatismo y sin pudor, como quien describe el clima o un hábito extraño. En el fondo, nuestras historias más humanas están hechas de intentos. Intentos que se rompen, se corrigen, se reinventan. Intentos que vuelven.

Al final, aceptarlo es escuchar la canción completa. Dejar que el estribillo suene sin miedo: sí, otra vez. Sí, una caída más. Sí, el repetido aprendizaje que nadie quiere confesar. Pero en esa repetición hay algo profundamente liberador: entender que el fracaso no es una excepción, sino el ritmo natural de todo lo que vale la pena.

Y quizás la verdadera madurez sea eso: aprender a vivir con el disco rayado y, aun así, seguir bailando.

¡Ánimo!

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/santiago-henao-castro/

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